Aunque parece una premisa sacada directamente de una película de ciencia ficción, la criopreservación es una realidad concreta para cientos de personas. Hoy en día, alrededor de 500 cuerpos y cerebros permanecen almacenados en instalaciones especializadas dentro de Estados Unidos, suspendidos en el tiempo a la espera de que la tecnología del mañana pueda devolverles la vida.
El procedimiento no es tan simple como congelar a alguien; requiere una precisión científica extrema para no destruir los tejidos:
- Punto de partida: Todo arranca una vez que la persona es declarada legal y clínicamente fallecida.
- Vitrificación: Para evitar que la congelación genere cristales de hielo que rompan las células, los científicos reemplazan los fluidos corporales por sustancias protectoras especiales.
- Frío extremo: Los cuerpos se introducen en enormes tanques de nitrógeno líquido a una temperatura constante de -196 °C.
🧪 El perfil de quienes deciden dar este paso es de lo más variado. Entre los depósitos hay científicos, empresarios, inversores de la industria tecnológica y también ciudadanos comunes que financiaron la operación mediante seguros de vida. Nombres conocidos como el legendario beisbolista Ted Williams, el pionero de la criptografía Hal Finney y el propio impulsor del concepto, Robert Ettinger, forman parte de esta lista de pacientes.
🚀 Detrás de esta decisión hay miles de inscritos más en todo el mundo. La fe de todos ellos está puesta en los avances futuros de la nanotecnología, la inteligencia artificial y la medicina regenerativa, disciplinas que en unas décadas o siglos podrían reparar los daños del organismo y revertir los efectos del congelamiento.
Por el momento, la ciencia es contundente: no existe evidencia empírica de que un ser humano criopreservado pueda ser reanimado. Sin embargo, para sus defensores, la ecuación es sencilla: la cremación o el entierro garantizan un final definitivo; el nitrógeno líquido, en cambio, deja una puerta abierta a lo imposible.
Curiosidad
El primer ser humano en ser criopreservado en la historia fue el profesor de psicología James Bedford, en enero de 1967. A diferencia de muchos experimentos de la época, su cuerpo ha logrado mantenerse conservado hasta el día de hoy, habiendo pasado ya por diferentes instalaciones y tanques durante más de 50 años.
