¿Por qué no podemos vivir sin animales? La ciencia investigó a los primates y encontró la respuesta

Ni invento moderno ni capricho humano: un estudio de Oxford reveals las raíces evolutivas de nuestro amor por los animales

Sentir que un perro o un gato es parte fundamental de la familia parece algo natural, cotidiano y casi indiscutible. Sin embargo, ese impulso irreducible de convivir con otras especies podría tener raíces biológicas muchísimo más profundas de lo que pensamos. Un reciente estudio internacional, liderado por la prestigiosa Universidad de Oxford, sostiene que la necesidad humana de tejer lazos con los animales no es una exclusividad del Homo sapiens ni un fenómeno cultural de la era moderna: se trata de un rasgo heredado con una clarísima huella evolutiva. 🐶🐱

La investigación, publicada formalmente en la revista especializada Primates, se encargó de recopilar y analizar 427 casos de interacción social entre 88 especies de primates y 127 especies asociadas. Lejos de tratarse de meros accidentes o episodios aislados, los científicos detectaron patrones de conducta constantes que echan luz sobre el origen primitivo de nuestra empatía interespecífica.

Los números del mapa de la empatía animal

A partir de material bibliográfico, archivos audiovisuales y testimonios de primatólogos, el equipo identificó más de 200 combinaciones de especies y clasificó los contactos en 17 subtipos de comportamiento. La conclusión central resulta contundente: los primates no humanos también establecen lazos sociales —y en su gran mayoría, amistosos— con otros animales.

  • El juego y el acicalamiento: Fueron, por lejos, las formas de interacción afectiva más recurrentes.
  • Origen de las iniciativas: En 219 episodios donde se pudo precisar quién dio el primer paso, el 66% fue iniciado por primates, el 33% resultó bidireccional y menos del 1% provino de especies no primates.
  • Preferencia por la libertad: De la muestra general, 310 interacciones ocurrieron en estado silvestre y 110 en cautiverio.
  • Vínculos variados: Aunque suelen relacionarse con especies cercanas en el árbol evolutivo, se documentaron vínculos con perros, aves, ardillas, reptiles, anfibios, insectos y crustáceos. 🐒

Juego para los jóvenes, cuidado para las adultas

El estudio sacó a la luz diferencias marcadas según la edad y el sexo de los ejemplares. Los jóvenes y las crías mostraron una inclinación natural al juego con individuos de otras especies. Por su parte, las hembras adultas concentraron la mayor tendencia al acicalamiento y la protección, mientras que los machos adultos prácticamente no participaron de estas conductas de afecto.

“Durante mucho tiempo, se ha considerado que los humanos son únicos en la formación de relaciones sociales estrechas con otras especies”, explicó el profesor asociado Cyril C. Grueter, de la Escuela de Antropología y Etnografía de Museos de Oxford. “Nuestro estudio demuestra que muchos primates también muestran una notable curiosidad, tolerancia e incluso cuidado hacia animales que no pertenecen a su misma especie. Estos comportamientos representan algunos de los pilares evolutivos a partir de los cuales surgió la relación de compañerismo entre humanos y ellos”, añadió.

El relevamiento registró desde macacos que acicalan perros en Tailandia y lémures que miman a otras especies en Madagascar, hasta episodios extremos como el de una simio que adoptó a una cría de tití en Brasil por diez meses o la célebre historia de la gorila Koko, quien crió y protegió a su afamado gatito All Ball. Eso sí, la ciencia no endulza el panorama: el informe también documentó 26 episodios de agresión y 13 muertes accidentales por manipulación tosca o violenta, recordando que la convivencia entre especies distintas en la naturaleza no siempre tiene un final feliz. 🦜

Curiosidad

La célebre gorila Koko (1971-2018), mencionada en la investigación por su increíble capacidad para comunicarse mediante la lengua de signos americana, eligió ella misma a su primera mascota. En 1984, como regalo de cumpleaños, sus cuidadores le llevaron una camada de gatitos abandonados. Koko no solo eligió a un pequeño gato manchado sin cola —al que bautizó como “All Ball”—, sino que lo cuidaba como si fuera su propia cría: lo acicalaba, intentaba amamantarlo y lo llevaba sobre su espalda. Cuando el gatito tristemente murió atropellado por un auto meses después, Koko expresó un dolor profundo comunicando con señas las palabras “Gato, llanto, desempaquetar, tristeza” e imitando sonidos parecidos al llanto humano durante varios días.