📺 Hay momentos que son patrimonio de la memoria colectiva argentina, y la pelea entre Mauro Viale y Alberto Samid es, sin dudas, el “superclásico” de nuestra televisión.
🎙️ Invitado al programa Otro día perdido (El Trece), conducido por Mario Pergolini, el periodista Jonatan Viale decidió abrir el arcón de los recuerdos y desmitificar varias cuestiones sobre aquel mediodía de furia de enero de 2002.

👊 Una de las revelaciones más fuertes tuvo que ver con la identidad del hombre que entró al set para pegarle a su padre mientras estaba en el piso: “Decían que era un portero del canal que le tenía bronca; mentira, era un amigo de Samid. Hay mucho mito”, sentenció Jonatan, barriendo con una de las leyendas urbanas más viejas de los medios.
📺 El periodista recordó que vivió el episodio como un espectador más: “Yo lo vi por televisión, imaginate; le decía a la pantalla: ‘¡Levantate, levantate!'”, confesó sobre la desesperación de ver a su padre envuelto en semejante trifulca.
🕎 Sin embargo, no todo fue risas o anécdotas bizarras. Jonatan puso un límite tajante al recordar el insulto antisemita de Samid: “Ahí brota ese antisemitismo que yo no le perdono, que le saca todo lo caricaturesco”, aseguró con firmeza.

🏷️ La charla también dio lugar a una reflexión sobre la identidad familiar, recordando que el apellido real es Goldfarb. Jonatan admitió que siempre le reclamó a Mauro no haber usado su nombre real para frenar las chicanas del “Rey de la Carne”: “Somos judíos, lo defendemos y lo decimos”, remarcó con orgullo.
🧐 El Dato Curioso
Aunque hoy el fragmento de la pelea es un éxito absoluto en YouTube y redes sociales con millones de reproducciones, en su momento el impacto fue tal que el Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) calificó el episodio como un acto de “exhibicionismo de violencia” y multó severamente al canal. Lo que pocos recuerdan es que, años después, el propio Samid confesó que tras la pelea su popularidad creció tanto que la gente lo paraba en la calle no para recriminarle, sino para pedirle fotos, demostrando que en Argentina la línea entre el escándalo y la idolatría es peligrosamente delgada.
