El calendario suele ser un objeto burocrático: casillas ordenadas, números dóciles, semanas previsibles. Sin embargo, de vez en cuando se permite una travesura. El 5 de febrero es una de ellas. Un día aparentemente común que, con el tiempo, fue acumulando talento deportivo como si fuera una vitrina accidental de campeones.
Ahí aparece, por ejemplo, Cristiano Ronaldo (1985), nacido en Madeira, Portugal. Un futbolista que convirtió la obsesión en método y el cuerpo en una máquina de precisión quirúrgica. Mientras otros hablaban de inspiración, él hablaba —y habla— de disciplina. Ironías del destino: nació el mismo día que Neymar… pero de otro año. Dos formas opuestas de entender el fútbol, separadas por apenas segundos de calendario.
También un 5 de febrero vio nacer a Carlos Tévez (1984), surgido de Fuerte Apache, símbolo de un fútbol áspero y emocional, más cercano al potrero que al laboratorio. Donde Ronaldo es mármol pulido, Tévez fue cemento fresco: desprolijo, intenso, humano.
La fecha no se agota en el fútbol. Neymar Jr. (1992) llegó al mundo ese mismo día, con una pelota imaginaria bajo el brazo. Talento exuberante, gambeta como lenguaje materno, estrella precoz. El contraste es casi literario: nació el mismo día que Ronaldo, pero eligió el caos creativo antes que la repetición obsesiva.
Y si el deporte es también resistencia, el 5 de febrero suma a Sara McLarty (1982), nadadora estadounidense especializada en aguas abiertas, una disciplina donde no hay tribunas ni flashes, solo kilómetros y silencio. Porque no todo héroe deportivo grita goles: algunos simplemente respiran hondo y siguen.
¿Significa algo todo esto? Probablemente no. El calendario no conspira, no elige, no planifica. Pero resulta tentador pensar que ese día, entre papeles de maternidad y hospitales comunes, se colaron futuras finales, récords, derrotas y celebraciones. El azar, a veces, tiene puntería.
Así, el 5 de febrero queda marcado como una fecha donde el deporte —ese territorio de esfuerzo y contradicción— encontró varias de sus caras. Algunas brillantes, otras ásperas. Todas humanas.
