Tauro: el arte de avanzar lento en un mundo obsesionado con correr

Tauro llega después del arrebato de Aries, como quien entra a una habitación cuando ya se apagaron los gritos y queda, apenas, el eco. Si Aries enciende la chispa, Tauro se pregunta algo más incómodo: ¿y ahora quién junta los pedazos? Gobernado por Venus, el planeta del placer y la belleza, este signo vive en una contradicción permanente: ama el confort, pero no le teme al esfuerzo; busca estabilidad, pero no soporta el vacío.

Se lo acusa de terco, como si la terquedad fuera un vicio y no una forma primitiva de lealtad. Tauro no cambia de idea con facilidad, es cierto. Pero tampoco cambia de afectos, de principios ni de objetivos como quien cambia de fondo de pantalla. En tiempos líquidos, Tauro es una piedra. No siempre elegante. Pero firme.

Su relación con el tiempo es casi escandalosa para la época. Donde otros improvisan, Tauro planifica. Donde el mundo acelera, Tauro mastica despacio. No por lentitud mental, sino por respeto: al proceso, al cuerpo, al deseo. Avanza como crece un árbol frutal: sin estridencias, sin aplausos, pero con raíces profundas que no se ven en la foto.

Venus le regala el amor por lo sensorial. Tauro habita el mundo: disfruta la comida, el tacto, la música, el silencio compartido. No idealiza el placer; lo administra. Y ahí aparece otra ironía: se lo tilda de materialista cuando, en realidad, solo entiende que lo abstracto no se sostiene sin algo concreto debajo. El amor sin hechos le parece una promesa hueca.

En el trabajo, Tauro es persistencia pura. No deslumbra el primer día, pero cuando los demás se cansan, él sigue ahí. Como una máquina antigua: no luce moderna, pero nunca se rompe. Su mayor virtud —la constancia— es también su mayor riesgo: quedarse demasiado tiempo donde ya no crece nada.

Tauro no nació para las revoluciones rápidas ni para los cambios caprichosos. Nació para edificar, cuidar, sostener. En una cultura que glorifica la velocidad, Tauro propone algo casi subversivo: quedarse. Y hacerlo bien.