En una pared de ladrillos a la vista, en la Plaza Martín Fierro del barrio porteño de San Cristóbal, una placa de bronce recuerda un pasado que muchos intentaron borrar. “Estos muros pertenecen a la construcción original de los Talleres Vasena. Aquí se produjeron parte de los sucesos de la Semana Trágica”, dice el texto, seco y contundente. La señalización fue colocada por la Legislatura porteña al cumplirse ochenta años de los hechos, luego de excavaciones arqueológicas que permitieron recuperar vestigios materiales de un episodio clave de la historia argentina.
Enero de 1919 fue particularmente caluroso en Buenos Aires, pero nadie imaginaba que el clima derivaría en un infierno de sangre y fuego. En apenas siete días, la represión a una protesta obrera dejó alrededor de 700 muertos, entre 2.000 y 4.000 heridos y más de 50.000 detenidos. Fue una de las páginas más oscuras del gobierno de Hipólito Yrigoyen, el primer presidente elegido por el voto popular.
La violencia fue el resultado de una combinación explosiva: la intransigencia patronal frente a los reclamos laborales, la represión estatal y parapolicial, el temor al avance de las ideas revolucionarias tras la Revolución Rusa de 1917 y un antisemitismo latente que derivó en un pogromo sin precedentes en la ciudad.
El conflicto en los Talleres Vasena
El foco inicial del conflicto estuvo en los Talleres Vasena, una fábrica metalúrgica ubicada entre las actuales calles Cochabamba, Urquiza, La Rioja, Oruro y Constitución. En diciembre de 1918, sus obreros iniciaron una huelga para reclamar mejores condiciones laborales: jornadas de ocho horas, pago de horas extras y vacaciones. En ese entonces trabajaban once horas diarias y solo descansaban los domingos.
Al frente de la empresa estaba Alfredo Vasena, hijo del fundador, quien rechazó los reclamos y recurrió a rompehuelgas en lugar de negociar. La huelga fue encabezada por trabajadores vinculados a la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) del Quinto Congreso, de orientación anarquista.
El 7 de enero, una caravana de autos escoltada por policías trasladó a los esquiroles hacia la fábrica. Al cruzarse con un piquete obrero, la policía montada cargó contra los manifestantes y comenzó un tiroteo que se extendió durante horas. El saldo inicial fue de cuatro muertos —todos vecinos del barrio— y decenas de heridos.
La represión y la ciudad fuera de control
El gobierno puso al frente de la represión al general Luis Dellepiane. Intervinieron la Policía, el Ejército, los bomberos y, por primera vez, grupos civiles armados que luego darían origen a la Liga Patriótica. Mientras el ministro del Interior intentaba mediar, la violencia se expandía por la ciudad.
El cortejo fúnebre de las víctimas, que partió rumbo al cementerio de la Chacarita, se convirtió en un nuevo foco de tensión. Grupos armados, saqueos de armerías y enfrentamientos profundizaron el caos. Se instalaron ametralladoras en las inmediaciones de la fábrica y las tropas tomaron el control de la ciudad.
La prensa jugó un rol clave. Mientras los diarios obreros denunciaban la represión, los grandes medios advertían sobre el “peligro rojo” y el avance del maximalismo, alimentando el clima de miedo y justificando la violencia.
El pogromo de Buenos Aires
En ese contexto, la represión se extendió hacia los barrios de Once y Villa Crespo, donde residía gran parte de la comunidad judía. La asociación entre judaísmo, anarquismo y revolución derivó en ataques sistemáticos: saqueos, detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos.
Testimonios de la época describen escenas de extrema crueldad contra hombres, mujeres y niños. El periodista Juan José de Soiza Reilly y otros cronistas dejaron relatos estremecedores sobre la violencia antisemita ejercida por fuerzas policiales y grupos civiles armados.
Uno de los casos emblemáticos fue el del periodista judío Pinie Wald, detenido y torturado como supuesto líder de un inexistente “soviet argentino”. Salvó su vida gracias a la intervención del dirigente socialista Federico Pinedo. Años más tarde, Wald dejó testimonio de su calvario en una novela escrita en idish.
El final del conflicto y una herida abierta
Tras seis días de violencia, el 13 de enero se alcanzó un acuerdo: jornada laboral de ocho horas, aumentos salariales, pago doble los domingos y ausencia de represalias. La huelga terminó con una victoria obrera, pero Buenos Aires quedó marcada por una de sus peores crisis sociales.
Décadas después, Juan Domingo Perón recordó aquellos días en un discurso pronunciado en la misma Plaza Martín Fierro, donde funcionaron los Talleres Vasena. Afirmó entonces que un soldado argentino no puede disparar contra su pueblo.
Hoy, una placa incrustada en una pared recuerda que bajo la ciudad moderna persiste la memoria de aquellos siete días trágicos, una herida histórica que aún interpela a la sociedad argentina.
