🧠 Hay una coincidencia incómoda entre neurobiólogos y especialistas en salud mental que nos obliga a repensar cómo vivimos. El consenso es claro: esta generación envejece de una manera diferente porque, sencillamente, creció en otro mundo. Al no tener una pantalla pegada al rostro desde la infancia, sus cerebros se cablearon a través de interacciones reales, con menos estímulos artificiales bombardeando los sentidos y, sobre todo, con una menor ansiedad de fondo.
📉 La diferencia radica en la ausencia de esa “comparación constante” que hoy satura las redes. Sin algoritmos dictando el valor personal minuto a minuto, se evitaron toneladas de estrés invisible acumulado. También la relación con el físico era otra: no vivían obsesionados con la optimización extrema ni con alcanzar una perfección inmediata que hoy parece obligatoria.
🛌 Los hábitos básicos, esos que hoy intentamos recuperar con aplicaciones, eran moneda corriente. Dormían más profundo, comían de manera más simple y el movimiento era natural, no una tarea pendiente en la agenda. Hoy la ciencia advierte que intentar “hackear” el cuerpo desde edades tempranas puede ser contraproducente: genera estrés crónico, y ese estado de alerta permanente es el combustible que acelera el envejecimiento.
⚡ La conclusión de la American Psychological Association (APA) es contundente y cambia el paradigma: la juventud no es una fecha de nacimiento, es el estado del sistema nervioso. Vivir a las corridas, con esa sensación constante de llegar tarde y bajo el yugo de la comparación permanente, envejece mucho más que la exposición al sol.
