Nadie te avisa cuándo te volvés adulto. No hay diploma, ni ceremonia, ni discurso emotivo. Un día simplemente te encontrás diciendo frases como “hay que aprovechar las ofertas” o “este dolor antes no lo tenía” y entendés que algo cambió para siempre.
La adultez se manifiesta en pequeños hábitos absurdos que aparecen sin permiso y se instalan para quedarse.
Señales inequívocas de que ya sos adulto
— Te entusiasma comprar tuppers, repasadores o una escoba “que barre bien”.
— Decís “no tengo ganas” y lo sentís como un plan sólido.
— Cancelar planes te genera más felicidad que hacerlos.
— Dormir bien se convierte en prioridad absoluta y salir un martes es un acto heroico.
El misterio eterno de la comida
Uno de los grandes desafíos de la adultez es decidir qué comer. Todos los días. Para siempre.
El momento “¿qué comemos?” se repite en loop y suele terminar en:
- fideos,
- arroz con algo,
- o “picamos cualquier cosa”.
La creatividad culinaria desaparece, pero la capacidad de justificarlo aumenta notablemente.
El cuerpo empieza a opinar
Antes hacías cualquier cosa y al otro día estabas impecable. Ahora:
- dormís mal y te duele la espalda,
- comés algo pesado y te arrepentís tres horas,
- te sentás mal y tu cuerpo te pasa factura inmediata.
No es que estés viejo: es que tu cuerpo empezó a mandar mensajes… y ya no los podés silenciar.
El extraño orgullo por cosas mínimas
La adultez también trae satisfacciones inesperadas:
- pagar una cuenta a tiempo,
- organizar un cajón,
- regar las plantas y que no se mueran.
Son logros pequeños, sí, pero profundamente emocionantes.
Spoiler: nadie sabe lo que hace
La gran verdad es esta: nadie tiene idea de cómo ser adulto. Todos improvisan. Todos dudan. Todos googlean cosas básicas y fingen seguridad.
La adultez no es tener todo resuelto, sino aprender a convivir con el caos… y, con suerte, reírse un poco en el camino.
Porque crecer no significa perder el humor, sino entender que, si no te reís de todo esto, llorás.
