¿La universidad sigue siendo necesaria? El debate incómodo del siglo XXI

Ir a la universidad fue, durante mucho tiempo, una promesa. Estudiar garantizaba futuro, estabilidad y cierto prestigio social. El título era un pasaporte. Hoy, ese pasaporte sigue existiendo… pero ya no abre todas las puertas ni asegura el viaje. Antítesis perfecta: nunca hubo tanta formación disponible y nunca estuvo tan en duda la institución que la simboliza.

Las críticas son conocidas. Carreras largas, programas desactualizados, costos elevados. Mientras tanto, el mercado laboral cambia a una velocidad que los planes de estudio no siempre alcanzan. Aprender programación en cuatro años cuando el lenguaje muta cada seis meses suena, para algunos, casi absurdo.

Del otro lado, la defensa universitaria no es menor. La universidad no solo enseña habilidades técnicas: enseña método, pensamiento crítico, contexto histórico. Forma criterio. Y eso no se aprende en tutoriales de diez minutos. O no del todo. La profundidad requiere tiempo, fricción, discusión.

Lo curioso es que el debate suele plantearse como un todo o nada. O la universidad es inútil o es sagrada. Pero la realidad es más incómoda. Hay profesiones donde el título sigue siendo indispensable. Otras donde pesa poco. Y muchas donde vale más cómo se aprende que dónde.

La ironía es que quienes descartan la universidad suelen haber pasado por ella. Y quienes la defienden a ultranza reconocen, en privado, que necesita cambiar. Nadie parece completamente satisfecho, pero nadie se pone de acuerdo en qué viene después.

Tal vez la pregunta correcta no sea si la universidad sirve o no, sino para qué y para quién. Porque tratarla como fábrica de empleo es reducirla. Y tratarla como templo intocable es congelarla.

El debate sigue abierto. Y no es menor. Porque de esa respuesta depende algo más que un título: depende cómo una sociedad decide formar a quienes van a pensarla, criticarla y —con suerte— mejorarla.