En un mundo donde los famosos exigen agua importada, velas aromáticas o silencio absoluto, Keanu Reeves va por otro camino. O, mejor dicho, se sienta en él. Literalmente. Antes de cada rodaje importante, el actor canadiense pide que se coloquen varias sillas vacías alrededor del set. Nadie debe sentarse en ellas. Nadie debe moverlas. Simplemente tienen que estar ahí.
¿La razón? Reeves nunca la explicó del todo. Y eso, por supuesto, alimentó el mito. Algunos asistentes juran que es una forma de “dejar espacio” a la escena, como si el aire también tuviera derecho a actuar. Otros dicen que es una costumbre nacida en el teatro, una superstición discreta para recordar que el ego no debe ocupar todos los asientos.
La imagen es deliciosa: uno de los actores más famosos del mundo, protagonista de sagas millonarias, rodeado de sillas vacías como un filósofo tímido en una sala de espera. Antítesis perfecta de Hollywood: éxito absoluto, gesto mínimo.
La ironía es que nadie se atreve a romper el ritual. No por miedo —Reeves es famoso por su amabilidad— sino por respeto. Algo en ese pedido sencillo desarma la lógica del estrellato. Las sillas vacías funcionan como recordatorio silencioso: la película no gira solo alrededor de él.
Un técnico veterano lo resumió mejor que nadie: “Otros actores llenan el set de ruido. Keanu lo llena de espacio”. Como si entendiera que, a veces, lo que no se ocupa también cuenta.
Quizás sea solo una rareza sin mayor significado. O quizá sea una pequeña filosofía camuflada de manía: dejar lugar. A la escena. A los demás. Al silencio. En tiempos de protagonismo ruidoso, Reeves parece recordarnos —sin discursos— que no todo asiento tiene que estar ocupado.
