Hablarle a las plantas siempre sonó a soledad decorativa. Una excentricidad amable, como ponerles nombre o pedirles perdón al podarlas. Sin embargo, la ironía es deliciosa: mientras nos reíamos de esa escena doméstica, la ciencia empezó a escuchar.
Estudios recientes observaron que las plantas reaccionan a estímulos sonoros. No entienden palabras —tranquilos—, pero sí vibraciones. El tono, la frecuencia, incluso el murmullo constante pueden influir en su crecimiento. No porque “se sientan queridas”, sino porque el sonido altera su entorno físico. Antítesis perfecta: no hay emoción, pero hay efecto.
Lo gracioso es que muchas personas no les hablan a las plantas por botánica, sino por hábito humano. Les cuentan el día, les piden que crezcan, las retan con suavidad. Como si el acto fuera menos para la planta y más para quien habla. Un diálogo sin respuesta, pero con cierto alivio.
Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿y si no era tan absurdo? Tal vez hablarle a una planta no mejora a la planta… pero sí a la persona. Reduce el estrés, ordena pensamientos, baja el ritmo. La planta no escucha; el humano sí.
Mientras tanto, seguimos discutiendo si es ridículo conversar con un ficus, pero no nos sorprende pasar horas hablándole a un rectángulo luminoso que tampoco responde, salvo con notificaciones. Otra ironía: nos burlamos del diálogo vegetal, pero normalizamos el diálogo digital.
Quizás hablarle a las plantas sea menos una superstición y más un gesto de pausa. Una forma torpe, verde y silenciosa de recordar que no todo intercambio necesita respuesta inmediata. A veces, con que algo siga creciendo, alcanza.
