Cuando apareció el VAR, el fútbol respiró aliviado. Al fin, la justicia. Al fin, la verdad. Al fin, un árbitro que no se equivoca. O eso creímos. La ironía no tardó en aparecer: nunca se discutió tanto un partido como desde que todo se puede revisar.
Antes, el error duraba lo que duraba el grito. Hoy dura minutos. Se pausa el juego, se enfría la emoción y el estadio entero contiene la respiración mientras alguien mira una pantalla como si estuviera descifrando jeroglíficos. Antítesis perfecta del fútbol de potrero: tecnología de punta para decidir si un hombro estaba dos centímetros adelantado.
El VAR no mató la injusticia; la sofisticó. El fallo sigue siendo humano, solo que ahora viene acompañado de gráficos, líneas y repeticiones infinitas que no aclaran nada, pero parecen científicas. El resultado es brillante y frustrante a la vez: más datos, menos consenso.
Lo curioso es que el VAR expuso algo que ya estaba ahí. El fútbol no es un deporte de certezas, sino de interpretaciones. Mano sí, mano no. Intención, posición natural, fase previa. La regla se estira, se encoge, se adapta. Como si el reglamento también jugara su propio partido.
Y aun así, nadie quiere volver atrás. El VAR se odia, pero se necesita. Como ese amigo que arruina el clima, pero dice verdades incómodas. Protestamos cuando nos perjudica y lo defendemos cuando nos salva. Coherencia cero, pasión intacta.
Quizás el VAR no vino a hacer el fútbol más justo, sino más honesto. Nos recordó algo fundamental: el error no era el problema. El problema era creer que el fútbol podía ser exacto. Y en ese choque entre emoción y precisión, el debate seguirá… con o sin líneas en la pantalla.
