El niño que le dio humanidad a E.T.: la historia detrás del movimiento del extraterrestre más querido del cine

Durante la producción de E.T., el extraterrestre (1982), el equipo de Steven Spielberg se enfrentó a una dificultad que la tecnología de la época no lograba resolver del todo. A pesar de los avances en animatrónica, el muñeco del personaje principal no conseguía moverse de manera natural ni transmitir la humanidad que la historia exigía.

El diseño de la criatura estaba a cargo del legendario Carlo Rambaldi, quien había logrado un aspecto inolvidable inspirándose en los ojos de su gato, la suavidad de un recién nacido y los pliegues faciales de Albert Einstein. Sin embargo, los movimientos seguían resultando rígidos. Fue entonces cuando surgió una idea poco convencional: construir un traje que pudiera ser utilizado por una persona real.

El requisito era preciso: alguien de baja estatura, con gran control corporal y capaz de moverse con fluidez dentro del traje. La búsqueda llevó al equipo a un centro de fisioterapia, donde encontraron a Matthew DeMeritt.

Matthew había nacido el 21 de abril de 1970 sin piernas y desde pequeño se desplazaba utilizando la fuerza de sus brazos. Para él, esa forma de moverse era simplemente parte de su vida cotidiana. Nunca había actuado ni aspirado a la fama, pero su condición física resultó perfecta para lo que el equipo necesitaba.

La productora Kathleen Kennedy lo contactó a través de uno de sus médicos y lo invitó a realizar una prueba. “Me tomaron las medidas y me filmaron caminando sobre las manos. Nunca le había mostrado eso a nadie. No sé cómo pensaron que podría moverme dentro del traje y que fuera creíble, pero funcionó”, recordó Matthew en una entrevista.

El traje de E.T. fue confeccionado en goma, con una textura húmeda para lograr el efecto visual deseado. Tenía una pequeña abertura en el pecho que le permitía ver, mientras la cabeza del personaje descansaba sobre la suya. Matthew avanzaba desplazándose sobre las manos, levantando el torso y reproduciendo el icónico andar torpe y entrañable del extraterrestre.

“El calor era tremendo. Te lo ponían por la cabeza y quedabas atrapado como una salchicha”, relató. A pesar de las incomodidades físicas, destacó el cuidado permanente de Spielberg, quien se aseguraba de que no se lastimara y fomentaba un ambiente cálido y lúdico en el set.

E.T. fue interpretado por varias personas: Matthew DeMeritt, Tamara De Treaux y Pat Bilon. Cada uno aportó movimientos distintos, pero las escenas que implicaban caídas, tropiezos o movimientos bruscos quedaron casi siempre en manos de Matthew. Acostumbrado a sostener el peso de su cuerpo con los brazos, podía realizar esas acciones sin riesgo, algo que no ocurría con los otros intérpretes, cuyos huesos eran más frágiles.

Entre las escenas más recordadas que protagonizó se encuentran aquella en la que E.T. se tambalea como si estuviera borracho tras beber cerveza, y la secuencia de Halloween en la que un flash lo asusta y cae al suelo. Su manera de moverse fue decisiva para dotar al personaje de carisma y emoción, algo que ni la tecnología más avanzada de principios de los años 80 podía lograr.

Tras finalizar el rodaje, Matthew regresó a su vida cotidiana, lejos de Hollywood. No buscó continuar una carrera actoral, aunque participó en algunas producciones independientes y tuvo un pequeño papel con diálogo en Cyborg II, una de las primeras películas de Angelina Jolie.

La experiencia, sin embargo, tuvo un impacto profundo en su vida personal. En ese momento sufría bullying en la escuela, algo que cambió tras el estreno del film. “E.T. llegó justo en el peor momento. Cuando volví a la escuela, el bullying se detuvo. Creo que me dio confianza”, recordó. La amistad que forjó con Henry Thomas y Robert MacNaughton trascendió el rodaje y marcó ese período de su vida.

Hoy, Matthew DeMeritt vive a dos horas de Los Ángeles junto a su esposa Nanette y su hijastro James. Es profesor de inglés en una universidad, juega al básquet en silla de ruedas y compone música. Lejos de la fama, se declara orgulloso de haber sido parte fundamental de una de las películas más queridas de la historia del cine.

“E.T., ¡soy yo!”, afirma con discreción. Aunque su rostro nunca apareció en pantalla, su cuerpo, su esfuerzo y su particular modo de moverse quedaron para siempre grabados en la memoria colectiva, acompañando una de las frases más icónicas del cine: E.T. phone home.