El multitasking es el superpoder favorito del siglo XXI. Nos gusta decir que hacemos mil cosas a la vez, como si eso nos volviera más productivos, más inteligentes o, al menos, más ocupados. El problema es que el cerebro no recibió el memo. Sigue funcionando como siempre: de a una cosa por vez.
La ciencia es bastante clara, aunque poco popular: el cerebro no multitarea, salta. Cambia de foco con la elegancia de un mono hiperactivo. Cada salto tiene un costo. Perdemos tiempo, energía y precisión. Pero como el movimiento es constante, sentimos que avanzamos. Es una ilusión óptica mental, como una cinta de correr que nos deja exhaustos sin movernos del lugar.
Lo gracioso es que solemos practicar multitasking en los peores momentos posibles. Mandamos mensajes mientras escuchamos a alguien hablar, revisamos redes mientras “miramos” una serie o trabajamos con veinte pestañas abiertas sin recordar para qué era la primera. Después nos preguntamos por qué estamos cansados si “no hicimos tanto”.
Hay una antítesis deliciosa en todo esto: creemos que el multitasking nos ahorra tiempo, pero nos lo roba; pensamos que nos hace más atentos, pero nos dispersa; lo usamos para rendir más y terminamos rindiendo menos. Todo en nombre de una eficiencia que nunca llega.
Eso sí: el multitasking tiene defensores. Algunos dicen que nos entrenó para un mundo acelerado, que nos volvió más adaptables, más rápidos para reaccionar. Tal vez. O tal vez solo nos acostumbró a vivir interrumpidos, como si la concentración fuera un lujo antiguo, de otra época.
La pregunta queda abierta y lista para el debate: ¿somos realmente más capaces por hacer todo a la vez, o solo más tolerantes al caos? Quizá el multitasking no sea un superpoder… sino un síntoma. Y como todo síntoma moderno, viene con notificaciones, cansancio crónico y la sospecha de que algo se nos está escapando mientras miramos otra cosa.
