El día que el café casi fue ilegal: la bebida que asustó a reyes y sacerdotes

Cada mañana millones de personas sostienen una taza humeante como si fuera una extensión natural de la mano. El café es cotidiano. Inofensivo. Necesario. Pero su historia es menos tranquila de lo que su aroma sugiere.

El café nació —según la leyenda más repetida— en Etiopía, donde un pastor llamado Kaldi observó que sus cabras se volvían inusualmente enérgicas tras masticar ciertos frutos rojos. No sabemos si Kaldi existió, pero sí sabemos que hacia el siglo XV la bebida ya circulaba en Yemen, donde los sufíes la utilizaban para mantenerse despiertos durante largas oraciones nocturnas.

La ironía es exquisita: una bebida asociada hoy a la productividad capitalista comenzó como aliada de la devoción mística.

Sin embargo, pronto aparecieron las sospechas. En 1511, en La Meca, algunos líderes religiosos intentaron prohibir el café alegando que estimulaba el pensamiento crítico y la conversación política. Las cafeterías —los qahveh khaneh— se habían convertido en centros de debate. Y pocas cosas inquietan más al poder que ciudadanos despiertos, literalmente y en sentido figurado.

La prohibición no duró demasiado, pero marcó un precedente. El café no era solo una bebida: era un catalizador social.

Cuando llegó a Europa en el siglo XVII, las reacciones fueron igualmente intensas. Algunos clérigos lo llamaron “la amarga invención de Satanás”. No ayudaba que proviniera del mundo islámico en plena tensión religiosa. La historia cuenta que el papa Clemente VIII decidió probarlo antes de condenarlo. Tras degustarlo, declaró que era demasiado delicioso para dejarlo en manos de los “infieles” y, según la anécdota, lo “bautizó”.

Verdad histórica o mito adornado, la escena ilustra una antítesis fascinante: lo que era sospechoso terminó consagrado.

En Inglaterra, las cafeterías se multiplicaron rápidamente y recibieron el apodo de “universidades de un penique”, porque por el precio de una taza se podía acceder a discusiones intelectuales y noticias frescas. Allí se intercambiaban ideas comerciales, científicas y políticas. Algunas aseguradoras y periódicos nacieron entre mesas manchadas de café.

Y entonces ocurrió algo predecible: el poder volvió a inquietarse.

En 1675, el rey Carlos II intentó cerrar las cafeterías londinenses argumentando que eran focos de sedición. La medida duró apenas unos días debido a la presión pública. La gente defendía su derecho a debatir con cafeína en sangre.

Resulta casi poético: el café, negro y amargo, funcionaba como combustible de la Ilustración. Mientras el alcohol dominaba las tabernas, el café promovía lucidez. Menos embriaguez, más conversación. Menos ruido, más ideas.

Con el tiempo, la bebida dejó de ser amenaza y se convirtió en pilar económico. Plantaciones en América Latina, rutas comerciales globales, imperios financiados en parte por su comercio. El café pasó de sospechoso a indispensable, de herejía potencial a símbolo de modernidad.

Hoy nadie lo prohíbe. Al contrario, lo sofisticamos: origen único, tueste artesanal, notas a cacao o frutos rojos. Hemos domesticado lo que alguna vez temimos.

Pero conviene recordar esta historia cada vez que sostenemos una taza. Porque el café no solo despierta cuerpos; históricamente despertó mentes. Y eso, para cualquier sistema rígido, siempre será ligeramente peligroso.

Quizá por eso sigue siendo tan irresistible.