La escena se repite a diario, casi como un rito ancestral: alguien dice “no soy persona hasta que tomo café” y todos asienten con gravedad. La frase pretende ser un chiste, pero funciona más como una confesión colectiva. Porque si algo no despierta sospechas… es justamente eso.
La cafeína no da energía; bloquea el cansancio. No es lo mismo, aunque lo parezca. Actúa como un silenciador químico: apaga la voz interna que dice “estás agotado” y nos deja seguir. Antítesis perfecta del bienestar moderno: no descansamos mejor, solo ignoramos mejor las señales.
Lo curioso es que el café funciona, sobre todo, en quienes lo toman siempre. El primer café de la vida es un cohete. El café número 4.382 es apenas una muleta elegante. No nos activa: nos quita el dolor de cabeza de no haberlo tomado. Como ciertas relaciones largas, sigue ahí más por costumbre que por efecto real.
Y aun así lo defendemos con pasión. El café no es solo una bebida; es una pausa legitimada. Decir “vamos por un café” suena productivo, sociable, adulto. Decir “necesito sentarme a mirar la nada diez minutos” no tanto. El café es la excusa líquida para detenernos sin culpa.
La ironía final: muchos de los problemas que el café “arregla” los crea él mismo. Dormimos peor, despertamos cansados, tomamos café para despertarnos, dormimos peor otra vez. Un círculo virtuoso… pero al revés.
¿Deberíamos dejarlo? Probablemente no. La humanidad sobrevivió a cosas peores que la cafeína. Pero debatirlo tiene su encanto. Tal vez el café no nos despierte: tal vez solo nos acompaña en este curioso esfuerzo por seguir funcionando cuando el cuerpo, claramente, quería otra cosa.
