“Dejamos y vemos”. Tres palabras que funcionan como un abrazo tibio al problema. No lo solucionan, pero lo calman. Es la versión lingüística de tapar una gotera con un balde: no arregla nada, pero da la sensación de control.
La frase se usa en todos los ámbitos. En el trabajo, cuando nadie quiere quedar mal. En las relaciones, cuando decidir implica riesgo. En la familia, cuando el conflicto amenaza con arruinar el almuerzo. Antítesis perfecta: suena flexible, pero es pura evasión.
Lo gracioso es que “ver” casi nunca ocurre. No se agenda, no se retoma, no se profundiza. Simplemente se desvanece. El problema queda ahí, flotando como un archivo sin guardar. Y aun así, todos asentimos, aliviados, como si algo hubiera quedado resuelto.
Decir “dejamos y vemos” nos permite ganar tiempo sin admitir que estamos paralizados. Es una diplomacia mínima, una tregua verbal. Nadie pierde, nadie gana, nadie avanza. Ideal para adultos cansados que ya no tienen energía para discutir hasta el final.
La ironía final es deliciosa: solemos criticar a quienes no deciden, pero usamos esta frase para no decidir nosotros. Nos quejamos de la ambigüedad ajena mientras cultivamos la propia con elegancia conversacional.
Quizás haya que reconocerlo sin culpa y con humor: “dejamos y vemos” no es una estrategia, es un síntoma. El síntoma de una época que le teme al conflicto, pero también al compromiso. Y mientras tanto, seguimos viendo… nada.
