El 28 de diciembre de 1895, en el Salón Indio del Grand Café de París, un grupo de espectadores vio algo que hoy nos parecería inocente: un tren acercándose a la estación. Sin efectos especiales, sin sonido envolvente, sin superhéroes. Solo movimiento. Sin embargo, algunos relatos cuentan que el público se sobresaltó, temiendo que la locomotora atravesara la pantalla.
El cine nació así: como ilusión que parecía realidad.
Desde entonces, la pantalla se convirtió en un altar moderno. Allí proyectamos miedos, deseos, ideales. El cine no solo cuenta historias; fabrica mitologías. Hollywood entendió pronto que podía vender algo más que entretenimiento: vendía modelos de vida. La sonrisa blanca, el beso bajo la lluvia, el héroe que siempre vuelve.
La ironía es evidente: mientras afirmamos que “es solo una película”, organizamos nuestras expectativas amorosas y sociales en torno a guiones ficticios.
En el siglo XX, el cine fue también arma política. La Alemania nazi utilizó el lenguaje cinematográfico para glorificar su ideología. Estados Unidos perfeccionó la propaganda durante la Segunda Guerra Mundial. La Unión Soviética experimentó con el montaje como herramienta revolucionaria. La pantalla no era neutral; era campo de batalla simbólico.
Aquí aparece la gran antítesis del cine: arte libre y maquinaria industrial. Por un lado, directores que buscan expresar obsesiones personales; por otro, estudios que calculan audiencias como si fueran fórmulas químicas. Creatividad versus taquilla. Autor versus algoritmo.
Con la llegada del streaming, la experiencia cambió otra vez. El ritual colectivo de la sala oscura —palomitas, silencio compartido, risas simultáneas— compite ahora con el consumo individual en pantallas domésticas. Hemos pasado de la ceremonia pública al visionado solitario. Más acceso, menos épica.
Y, sin embargo, el cine persiste.
Porque el cine no es solo tecnología. Es lenguaje. Un primer plano puede revelar más que una página entera. Una banda sonora puede manipular emociones con precisión quirúrgica. La luz y la sombra dialogan como en la pintura barroca. No es casual que lo llamen “séptimo arte”: combina literatura, música, teatro, fotografía y arquitectura en una experiencia sensorial total.
Pero también es negocio. Las franquicias dominan carteleras, las secuelas se multiplican, los universos compartidos parecen no tener fin. La creatividad a veces se siente subordinada a la rentabilidad. Es el espectáculo permanente, la adrenalina constante.
Y aun así, cada tanto, aparece una película pequeña que nos desarma. Una historia mínima que nos obliga a mirar el mundo con otros ojos. Como si el cine recordara su vocación original: no solo distraer, sino revelar.
Quizá esa sea su mayor paradoja. El cine miente —todo es actuación, montaje, artificio— para decir verdades que a veces evitamos en la vida real. Nos hace llorar por personajes que no existen, pero esas lágrimas son auténticas.
En un mundo saturado de imágenes fugaces, el cine sigue siendo pausa y construcción. Un espacio donde la realidad se reorganiza durante dos horas para que podamos entenderla mejor.
O al menos intentarlo.
Porque, al final, no vamos al cine solo para ver historias. Vamos para sentirlas. Y mientras haya algo que nos conmueva en la oscuridad, la fábrica de sueños seguirá funcionando.
