Cancelar es rápido. Basta un tuit, una captura, un video fuera de contexto. No hay juicio, no hay réplica, no hay proceso. Solo un veredicto colectivo que cae como martillo. En tiempos de inmediatez, la cancelación ofrece algo tentador: la sensación de hacer lo correcto sin el desgaste de debatir.
El problema es que la cancelación suele confundir crítica con eliminación. En lugar de discutir ideas, se elimina a quien las expresó. Antítesis clara: se habla de diálogo mientras se clausura la conversación. Se exige aprendizaje, pero sin margen para el error.
Lo irónico es que muchas cancelaciones no buscan cambiar conductas futuras, sino castigar conductas pasadas. A veces muy pasadas. El contexto importa poco. La intención, menos. Lo central es el gesto público de condena, que funciona como señal de pertenencia: cancelar también es una forma de decir “yo estoy del lado correcto”.
Sin embargo, la historia muestra algo incómodo: las sociedades que mejor cambian no son las que silencian, sino las que discuten. El conflicto, aunque agotador, es pedagógico. Obliga a escuchar, a matizar, a incomodarse. La cancelación, en cambio, anestesia. Da la ilusión de avance sin el trabajo real.
Eso no significa justificar discursos violentos ni acciones dañinas. Hay límites necesarios. Pero el debate aparece cuando todo se mide con la misma vara moral y la respuesta es siempre la misma: expulsión simbólica.
Tal vez la pregunta no sea si la cancelación es buena o mala, sino qué dice de nosotros. ¿Buscamos sociedades más justas o conversaciones más limpias? ¿Queremos transformar o simplemente deshacernos de lo que nos incomoda?
Porque cancelar cierra rápido. Debatir tarda. Y casi siempre duele un poco más. Pero también deja algo. A diferencia del silencio, que solo deja vacío.
