¿El amor está sobrevalorado? La gran mentira romántica que nadie quiere discutir

Decir que el amor está sobrevalorado suena casi herético. Es como criticar al pan o al agua. Sin embargo, basta observar cómo organizamos nuestras vidas para notar algo inquietante: hemos convertido el amor romántico en una especie de religión laica. Tiene promesas de salvación, rituales de iniciación y mártires emocionales.

La ironía es brutal: en nombre del amor, toleramos lo que jamás aceptaríamos en ningún otro ámbito. Celos desmedidos se rebautizan como “intensidad”. Control disfrazado de cuidado. Dependencia presentada como destino.

Nos dijeron que encontrar pareja es “sentar cabeza”. Como si estar solo fuera sinónimo de extravío. La antítesis es evidente: celebramos la independencia en el trabajo, en los viajes, en las decisiones personales… pero cuando se trata de vínculos afectivos, la autonomía parece sospechosa.

¿De dónde viene esta obsesión?

Históricamente, el matrimonio fue una institución económica y social antes que romántica. Durante siglos, el amor fue un lujo opcional, no el fundamento del vínculo. La idea de que una sola persona debe satisfacer nuestras necesidades emocionales, sexuales, intelectuales y espirituales es relativamente moderna. Y, si somos honestos, desmesurada.

Esperamos que nuestra pareja sea amante apasionado, mejor amigo, terapeuta, socio financiero y compañero de aventuras. Todo en uno. Una navaja suiza afectiva. Luego nos sorprendemos cuando falla.

El mercado tampoco ayuda. Aplicaciones de citas convierten el deseo en catálogo. Redes sociales muestran relaciones editadas como trailers de película. Compararnos se volvió automático. Y la sensación de que “hay algo mejor ahí afuera” erosiona la paciencia y el compromiso.

Pero cuidado: cuestionar el mito romántico no significa negar el valor del amor. Significa despojarlo de su pedestal.

Porque cuando el amor se convierte en salvación, deja de ser elección. Se transforma en necesidad. Y la necesidad, aunque intensa, rara vez es libre.

Quizá el problema no sea amar demasiado, sino esperar demasiado. Pretender que el amor cure heridas que requieren terapia, que llene vacíos que exigen autoconocimiento, que otorgue identidad a quien aún no la construyó.

El amor es poderoso, sí. Puede transformar vidas, sostener en la adversidad y expandir horizontes. Pero no es magia. No reemplaza la responsabilidad individual ni compensa la falta de autoestima.

Tal vez la verdadera revolución no sea encontrar al “amor de tu vida”, sino construir una vida que no dependa exclusivamente de encontrarlo.

Incómodo de leer. Más incómodo de admitir.

Pero necesario discutir.