Hubo una época en que el amor se narraba en cartas manuscritas y silencios cargados de electricidad. Hoy lo puntuamos. Del uno al diez. Con la frialdad de quien califica un restaurante o un hotel. En ese escenario nació la técnica “6-7”: si el “10” es inalcanzable y agotador, mejor elegir deliberadamente un “6” o un “7” y vivir —supuestamente— más en paz.
La propuesta, popularizada en TikTok e Instagram y examinada por GQ, parte de una observación muy contemporánea: la obsesión por el ideal romántico genera frustración crónica. El “10” no es solo atractivo; es perfecto, magnético, exitoso y emocionalmente impecable. Una criatura mitológica con abdominales. Perseguirlo, como Ícaro al sol, suele terminar en caída libre.
Ante ese desgaste, la técnica sugiere pragmatismo: elegir a alguien atractivo, sí, pero no deslumbrante. Según el especialista en salud pública Bruce Y. Lee, citado en Psychology Today, las personas percibidas como “intermedias” tienden a considerarse más accesibles y emocionalmente disponibles. La promesa es tentadora: menos competencia, menos inseguridad, más estabilidad.
Pero aquí aparece la grieta.
La idea de que alguien “promedio” debería sentirse agradecido por ser elegido introduce una jerarquía silenciosa. Una relación que comienza con cálculo rara vez desemboca en igualdad. Es la antítesis perfecta de lo que decimos buscar: autenticidad construida sobre una escala arbitraria; conexión profunda nacida de un ranking superficial.
Reducir personas a números simplifica lo que, por naturaleza, es complejo. El atractivo no es una cifra objetiva sino una percepción moldeada por cultura, experiencia y contexto. Convertirlo en métrica universal es tan fiable como medir la inteligencia con el tamaño del sombrero. Puede parecer práctico, pero es absurdamente limitado.
Además, los expertos advierten sobre el riesgo de las llamadas “relaciones de compromiso silencioso”: vínculos que no surgen de la afinidad genuina, sino del miedo al rechazo o al fracaso romántico. Seguridad sin entusiasmo. Compañía sin verdadera admiración. Y el resentimiento, como una humedad discreta, termina filtrándose por las paredes.
La técnica 6-7 también refleja el agotamiento colectivo frente a las aplicaciones de citas. El desfile infinito de perfiles convierte el deseo en consumo rápido. Deslizar se parece demasiado a descartar. En ese mercado emocional saturado, elegir un “6” o un “7” parece una estrategia racional, casi financiera. Menos volatilidad, menor riesgo.
Pero el amor no es un bono de inversión.
Tanto GQ como Psychology Today coinciden en algo elemental y, sin embargo, revolucionario en la era de las métricas: la compatibilidad emocional no se mide con números. La estabilidad real depende de valores compartidos, comunicación honesta y respeto mutuo. El atractivo puede abrir la puerta; lo que sostiene la casa es otra cosa.
Quizá la pregunta no sea si debemos aspirar a un “10” o conformarnos con un “6”. Tal vez el verdadero desafío sea abandonar la escala. Porque cuando el afecto se transforma en aritmética, perdemos algo esencial: la posibilidad de sorprendernos.
Y el amor, si algo necesita, es precisamente eso. Sorpresa. No puntuación.
