El cine de superhéroes: cuando salvar el mundo se volvió rutina

Hubo un tiempo en que ver a alguien volar en el cine era un acontecimiento. Hoy es un trámite. Los superhéroes aparecen, destruyen media ciudad —siempre reconstruida para la secuela— y nos salvan justo antes de los créditos. Antítesis perfecta: riesgo absoluto, resultado garantizado.

El problema no es el género, sino la repetición. Orígenes traumáticos, villanos con motivaciones comprensibles, batallas finales coreografiadas como desfiles militares. Todo funciona. Todo luce impecable. Todo se parece demasiado. El asombro, ese viejo motor del cine, quedó atrapado entre efectos especiales y universos compartidos.

La ironía es que estas películas nacieron como fantasía escapista y terminaron siendo fórmula industrial. Lo extraordinario se volvió estándar. El héroe duda, cae, se levanta. Siempre. El público sabe que nada importante puede salir mal, porque hay contratos, spin-offs y merchandising esperando.

Mientras tanto, el cine “pequeño” lucha por existir. Historias sin capas, sin rayos láser, sin finales épicos. Películas donde el conflicto no se resuelve con un golpe final, sino con una conversación incómoda. Antítesis clara: menos espectáculo, más humanidad.

Y aun así, seguimos yendo. Porque el cine de superhéroes ofrece algo poderoso: orden. En un mundo caótico, propone reglas claras, buenos reconocibles y males derrotables. No es poco. Tal vez por eso resiste el cansancio crítico.

El debate no es si estas películas son buenas o malas. Es si ocupan demasiado espacio. Porque cuando todo es épico, nada lo es. Y el cine, como el asombro, necesita silencio, riesgo y sorpresa para seguir vivo. Incluso —o sobre todo— sin salvar el mundo cada vez.