Hawái suele aparecer en el imaginario global como un fondo de pantalla: palmeras, surf, atardeceres imposibles. Un lugar para escapar. El problema empieza cuando ese paisaje idílico tapa la pregunta esencial: ¿qué le pasó realmente a Hawái?
Porque Hawái no siempre fue un destino. Fue un reino. Con lengua propia, cultura propia y un sistema político que funcionaba antes de que Estados Unidos mirara el mapa con ambición. En 1893, un grupo de empresarios estadounidenses —con apoyo militar— derrocó a la reina Liliʻuokalani. No hubo épica, solo conveniencia. Antítesis brutal: se habló de progreso mientras se ejecutaba un despojo.
Décadas después, Hawái fue anexado y convertido en el estado número 50. Democracia formal, sí. Pero con una trampa silenciosa: la población originaria quedó relegada en su propia tierra. El idioma hawaiano fue prohibido en las escuelas. Las tierras pasaron de manos locales a corporaciones. El paraíso cambió de dueño.
Hoy, el conflicto sigue vivo, aunque disfrazado de postal. El turismo sostiene la economía, pero también expulsa a los habitantes. Alquileres imposibles, trabajos mal pagos, barrios convertidos en souvenirs. Vivir en Hawái se volvió un lujo incluso para quienes nacieron allí. Ironía amarga: servir cócteles en la playa donde tus abuelos pescaban para vivir.
Cada tanto, la historia vuelve a filtrarse en la cultura pop. Canciones, discursos, gestos políticos recuerdan que Hawái no es solo un destino, sino una herida abierta con vista al mar. Y ahí incomoda. Porque obliga a mirar de frente una verdad incómoda: no todo lo bello es inocente.
El debate no es si Hawái es hermoso. Lo es. El debate es a quién pertenece, quién decide su futuro y quién paga el precio del paraíso ajeno. Tal vez la pregunta correcta no sea qué le pasó a Hawái, sino por qué durante tanto tiempo preferimos no escuchar la respuesta.
