¿Trabajar en lo que te gusta… o gustarte lo que te toca? El dilema moderno del éxito

“Elegí un trabajo que te guste y no trabajarás ni un día de tu vida”. La frase circula como un proverbio antiguo, aunque nadie sabe bien quién la dijo ni en qué contexto. Lo que sí sabemos es que hoy funciona más como exigencia que como consejo. No basta con trabajar: hay que amarlo. Sonreír. Agradecer. Postearlo.

El problema aparece cuando el entusiasmo no llega. Porque si el trabajo no te apasiona, pareciera que fallaste doblemente: como profesional y como persona. Antítesis cruel del mundo laboral anterior, donde el objetivo era claro y modesto: vivir. Ahora hay que realizarse, crecer, vibrar y, si es posible, hacerlo con una taza motivacional en la mano.

Lo curioso es que convertir la pasión en empleo suele tener efectos secundarios. Lo que amabas empieza a medirse en plazos, métricas y facturación. El placer se vuelve rendimiento. El hobby, obligación. Y un día descubrís que aquello que te hacía feliz ahora te genera ansiedad los domingos a la noche.

Mientras tanto, millones de personas trabajan en lo que pueden, no en lo que soñaron. Y no por falta de talento o coraje, sino por contexto, necesidad o simple azar. ¿Eso los vuelve menos valiosos? ¿Menos auténticos? El discurso del “si querés, podés” no contempla facturas, alquileres ni cansancio.

Quizás el debate no sea elegir entre amar el trabajo o resignarse, sino revisar la trampa de la consigna. Tal vez no haga falta que el trabajo nos complete. Tal vez alcanza con que no nos destruya. Que nos permita vivir, descansar, querer, pensar.

Porque cargar al empleo con la responsabilidad de darnos sentido es pedirle demasiado. Y cuando falla —como suele pasar— la culpa no es del sistema, curiosamente, sino nuestra.

Trabajar en lo que te gusta es un privilegio. Gustarte lo que te toca, a veces, es una estrategia de supervivencia. Entre ambas cosas hay un territorio incómodo, real y profundamente humano. Justo el que casi nunca se debate.