El día que el despertador ganó la batalla: por qué odiamos las mañanas (y fingimos que no)

El despertador no suena: ataca. Es un sonido diseñado para recordarnos que la paz era momentánea y que la vida adulta empieza con una traición. Aun así, cada mañana repetimos el mismo ritual: apagarlo, prometer que mañana será distinto y levantarnos con la dignidad de una media caída.

La cultura madrugadora logró algo extraordinario: convertir el sufrimiento en mérito. Levantarse temprano no es solo una necesidad, es una identidad. “Yo arranco el día a las cinco”, dicen algunos, como si confesaran un superpoder y no una privación crónica de sueño. Antítesis perfecta: más temprano no significa mejor, pero suena más serio.

Lo gracioso es que nadie madruga porque le gusta. Se madruga por obligación, por culpa o por una vaga esperanza de productividad que rara vez se cumple antes del segundo café. Las primeras horas del día, lejos de ser creativas, suelen ser un estado intermedio entre el sueño y el resentimiento.

Y sin embargo, seguimos fingiendo. Publicamos fotos del amanecer, escribimos “arriba desde temprano” y sonreímos con los ojos cerrados. No porque estemos bien, sino porque la mañana vende disciplina. Decir “me levanté a las diez y pensé mejor” no tiene épica. Pero debería.

La ironía final es deliciosa: muchos de los que glorifican el amanecer no pueden mantenerse despiertos después de las diez de la noche. Se apagan temprano, como electrodomésticos responsables. Mientras tanto, los noctámbulos —culpables históricos— producen, crean y reflexionan cuando el mundo duerme, pero sin marketing.

Tal vez haya que admitirlo sin culpa y con humor: odiar las mañanas no nos hace perezosos, nos hace humanos. El problema no es levantarse temprano. El problema es creer que sufrir en silencio nos vuelve mejores personas. Spoiler: solo nos vuelve gente con sueño.