Bad Bunny hizo historia en el Super Bowl LX: un mediotiempo latino, político y sin pedir permiso

El Super Bowl siempre fue un espectáculo dentro del espectáculo. Pero esta vez, durante el descanso del duelo entre los New England Patriots y los Seattle Seahawks, el mediotiempo decidió decir algo más. No solo entretener. Bad Bunny tomó el escenario y lo transformó en un manifiesto cultural transmitido a millones de hogares.

¡Qué rico es ser latino!”, lanzó el artista apenas apareció en escena. No fue una frase suelta: fue una advertencia. A partir de ahí, el show avanzó como un videoclip en vivo, con imágenes pregrabadas y acción sobre el césped, que recorrió símbolos, ritmos y gestos de la identidad latinoamericana. El arranque, en un sembradío montado en pleno campo de juego, marcó el tono: raíces antes que fuegos artificiales.

Vestido de blanco y con una pelota de fútbol americano como objeto simbólico —apropiación incluida—, Bad Bunny interpretó “Tití me preguntó” y dio paso a una sucesión de colaboraciones que cruzaron generaciones y estilos. Cardi B y Karol G se sumaron en “Yo perreo sola”, mientras figuras como Jessica Alba, Pedro Pascal, Alix Earle y Young Miko aparecieron como guiños pop cuidadosamente calculados.

El momento más inesperado llegó tras una escena de casamiento ficticio: de allí emergió Lady Gaga, quien interpretó “Die with a smile” con un giro melódico de impronta latina. Antítesis perfecta del show clásico del Super Bowl: menos solemnidad patriótica, más mestizaje cultural.

Hubo también espacio para la introspección. Bad Bunny se habló a sí mismo en la infancia, apareció un Benito niño frente a un televisor y recibió de su versión adulta el Grammy recién ganado. “Nunca dejé de creer en mí”, dijo. Una frase simple, casi ingenua, pero potente en un escenario que históricamente no fue amable con los relatos latinos.

Ricky Martin aportó uno de los momentos más políticos al cantar un fragmento de “Lo que le pasó a Hawaii”. Banderas de Puerto Rico inundaron el estadio y el mensaje se volvió explícito. “No suelte’ la bandera”, cantó. Y el estadio respondió.

El cierre fue coral. “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, afirmó el Conejo Malo antes de bendecir a América —toda— y nombrar a los países del continente. El final con “Debí tirar más fotos” reunió a todos los bailarines en escena bajo una consigna clara: “Seguimo’ aquí”.

No fue la primera vez de Bad Bunny en el Super Bowl —ya había participado en 2020 junto a Shakira y Jennifer Lopez—, pero sí la primera como figura central. Confirmado en septiembre de 2025, llegó al evento tras consolidar su impacto global con el álbum Debí Tirar Más Fotos y tras ganar tres premios Grammy, incluido Álbum del Año, por un trabajo profundamente ligado a Puerto Rico.

El Super Bowl LX también volvió a mostrar su dimensión económica: Santa Clara invirtió cerca de 100 millones de dólares en logística, seguridad y producción, mientras los anuncios publicitarios alcanzaron cifras récord. Según NBC Universal, el piso para un spot rondó los 10 millones de dólares, con un promedio de 8 millones por 30 segundos.

Pero más allá de los números, el mediotiempo dejó una certeza incómoda para algunos y celebratoria para otros: la música latina ya no pide espacio en el mayor escenario del espectáculo estadounidense. Lo ocupa.