¿Estamos realmente más informados… o solo más expuestos? El debate incómodo de la era digital

Vivimos rodeados de noticias como quien vive frente al mar: al principio asombra, luego marea. Abrimos el celular y el mundo se nos cae encima en titulares, alertas, videos, opiniones, desmentidas y contra-desmentidas. Todo al mismo tiempo. Todo urgente. Todo olvidable.

La promesa era clara: más información significaría ciudadanos más informados. Pero la realidad juega a la antítesis. Sabemos un poco de todo y casi nada en profundidad. Leemos mucho, entendemos poco. Opinamos rápido, corregimos lento.

El problema no es solo la cantidad, sino la velocidad. La noticia ya no se digiere; se traga. No hay tiempo para masticar datos, contrastar fuentes o dudar. Dudar, de hecho, parece un defecto. En la era del “ya”, pensar despacio suena casi irresponsable.

Lo curioso es que nunca discutimos tanto… y nunca nos escuchamos menos. Las redes prometían diálogo y nos entregaron monólogos paralelos. Cada uno con su propio set de hechos, su burbuja informativa, su certeza inamovible. Informados, sí. Conectados, no tanto.

La ironía final es brutal: estamos mejor informados que nunca sobre tragedias lejanas y peor informados que nunca sobre lo que nos afecta de cerca. Sabemos qué pasó en otro continente, pero no qué decidió el concejo de nuestro barrio.

Tal vez el debate no sea si hay demasiada información, sino si aprendimos a convivir con ella. Porque informarse no es acumular datos, sino entenderlos. Y eso —como casi todo lo valioso— lleva tiempo, silencio y una incomodidad que el algoritmo no suele recomendar.