Géminis no duda: explora. La diferencia es sutil, pero crucial. Donde otros signos buscan una verdad estable, Géminis colecciona versiones. No por inseguridad, sino por curiosidad. Gobernado por Mercurio, el planeta del lenguaje y el movimiento, vive pensando mientras habla y hablando mientras piensa. A veces al revés. A veces todo junto.
Se le reprocha cambiar de opinión con facilidad, como si eso fuera una traición. Pero ¿no es más sospechoso quien nunca cambia? Géminis entiende algo que incomoda: el mundo es móvil, las ideas también. Aferrarse a una sola es como intentar congelar un río con las manos.
Su mente funciona como una ventana con demasiadas pestañas abiertas. Salta de tema, conecta puntos lejanos, hace asociaciones improbables. No siempre llega a conclusiones firmes, pero suele llegar antes que nadie a las preguntas interesantes. Antítesis pura: superficial y profundo, ligero y lúcido, caótico y brillante.
En lo emocional, Géminis confunde. Puede amar con palabras y desaparecer con silencios. No porque no sienta, sino porque siente de más y no sabe dónde ponerlo todo. El problema no es la falta de compromiso, sino el exceso de estímulos. Elegir una sola voz interna cuando hay un coro opinando resulta agotador.
Eso sí: cuando Géminis se queda, lo hace conversando. Necesita diálogo como otros necesitan oxígeno. El silencio prolongado lo marchita. Para él, hablar no es ruido: es vínculo, prueba de existencia compartida.
Géminis no vino a dar certezas, vino a moverlas. En un mundo obsesionado con definirse, este signo propone algo incómodo y fascinante: pensar distinto mañana de lo que pensó hoy. No por incoherencia, sino por honestidad intelectual. Y eso, aunque moleste, también es una forma de verdad.
