¿Dormir ocho horas es un mito moderno? El curioso mandato que nadie cumple y todos defienden

Dormir ocho horas. De un tirón. Sin despertarse. Sin revisar el celular. Sin pensar en el mañana. La frase suena más a fantasía que a hábito, pero aun así se repite con solemnidad quirúrgica. Médicos, gurús del bienestar y aplicaciones de sueño la recitan como si fuera una ley de la física. Y, sin embargo, casi nadie la cumple. Ironía número uno.

Durante siglos, la humanidad durmió de otra manera. En la Europa preindustrial era común el primer sueño y el segundo sueño: la gente se acostaba al anochecer, despertaba a medianoche, charlaba, rezaba, tenía sexo o pensaba —qué peligro— y luego volvía a dormir. Nadie hablaba de insomnio. Nadie contaba horas con culpa.

El bloque rígido de ocho horas aparece más tarde, de la mano de la Revolución Industrial. Fábricas, relojes, sirenas. El sueño se vuelve productivo o inútil. Dormir deja de ser un ritmo corporal y pasa a ser un turno. Antítesis perfecta: lo biológico adaptado a lo mecánico.

Hoy defendemos las ocho horas con fervor religioso, pero vivimos exactamente al revés. Nos acostamos tarde, dormimos fragmentado, despertamos cansados y aun así sostenemos el mito como quien defiende una dieta que nunca siguió. “No dormí nada”, decimos, después de seis horas y media. Como si el cuerpo llevara una planilla de asistencia.

Lo gracioso —y debatible— es que muchas personas funcionan mejor durmiendo menos, otras más, otras en tramos. Pero el mandato es uno solo, rígido como colchón de hotel. Si no entrás ahí, el problema sos vos.

Quizás el debate no sea cuántas horas dormir, sino por qué convertimos el descanso en una competencia silenciosa. Dormir bien ya no es descansar: es rendir incluso con los ojos cerrados.

Tal vez haya que decirlo sin culpa y con humor: si dormir ocho horas fuera tan natural, no harían falta tantos recordatorios. Como pasa con casi todo lo que se impone demasiado… algo no está cerrando los ojos.