La ley de Murphy no necesita presentación, porque se presenta sola. Aparece cuando llegás tarde, cuando el celular se queda sin batería o cuando algo funciona perfecto… hasta que alguien dice en voz alta “anda bárbaro”. En ese instante, el universo toma nota y actúa.
Su formulación es simple y despiadada: si algo puede salir mal, saldrá mal. No aclara cuándo, ni cómo, ni con qué nivel de crueldad. Solo promete que ocurrirá en el peor momento posible. Murphy no improvisa: espera.
Contrario a lo que muchos creen, Murphy no era un filósofo ni un agorero profesional. Era un ingeniero aeronáutico de apellido Murphy que, cansado de ver errores evitables en pruebas técnicas, lanzó la frase con más fastidio que ironía. El problema fue que el mundo la adoptó como doctrina. Desde entonces, todo empezó a fallar con método.
La ley de Murphy funciona mejor en lo cotidiano. Nunca en lo espectacular. No hace que caigan aviones, pero sí que el paraguas se rompa el día de la tormenta. No provoca apagones históricos, pero logra que el control remoto desaparezca justo cuando te sentás cómodo. Su poder está en lo pequeño, en lo irritantemente cercano.
Hay una antítesis deliciosa en Murphy: cuanto más te preparás, más creativa se vuelve la falla. Tenés un plan B, aparece el C. Tenés el C, aparece algo que no estaba en el abecedario. Y aun así, seguimos confiando. Porque la esperanza es más terca que la experiencia.
La ironía final es que la ley de Murphy no predice el caos, lo ordena. Le da sentido. Nos permite culpar a una ley universal en lugar de aceptar que somos expertos en confiar demasiado. Y que, en el fondo, sabíamos que algo iba a salir mal… pero igual lo intentamos.
Y quizá ahí esté su verdadero encanto. Murphy no nos arruina la vida: nos la baja un cambio. Nos recuerda, con humor involuntario, que el control es una ilusión elegante. Y que aun así, mañana volveremos a probar.
