¿Por qué bostezamos? El misterio cotidiano que nadie pidió, pero todos protagonizamos

Bostezar es una de esas cosas que hacemos todos, todo el tiempo, y sin embargo seguimos sin saber exactamente por qué. Es democrático, involuntario y un poco traicionero: aparece en la oficina, en el aula, en una charla interesante y, con especial crueldad, cuando alguien nos está mirando fijo.

Durante años se creyó que bostezábamos para oxigenar el cerebro. Una explicación elegante, ordenada… y probablemente incorrecta. Hoy la hipótesis más aceptada dice que el bostezo sirve para regular la temperatura cerebral. En otras palabras: el cerebro se recalienta y abre la boca como quien ventila una habitación cerrada. Glamour científico.

Pero lo verdaderamente curioso no es por qué bostezamos, sino cómo se contagia. Ver a alguien bostezar, escuchar el sonido o incluso leer la palabra “bostezo” puede activar el reflejo. No es magia: es empatía. Nuestro cerebro, siempre dispuesto a copiar al de enfrente, imita el gesto como si dijera “si él bosteza, por algo será”.

Hay un dato aún más inquietante: cuanto más cercano emocionalmente es alguien, más fácil nos contagia su bostezo. Amigos, familiares, parejas. Los extraños, en cambio, bostezan en soledad. Ironías de la vida: compartimos el bostezo con quienes queremos, no con quienes nos caen mal.

Los animales también bostezan. Perros, gatos, primates. Incluso los peces. Y en algunos casos, el bostezo funciona como señal social: alerta, estrés o sincronización grupal. Lo que empezó como un simple gesto terminó siendo un lenguaje silencioso que llevamos siglos usando sin darnos cuenta.

Así que la próxima vez que bosteces en medio de una reunión importante, no te disculpes. Tal vez tu cerebro solo estaba haciendo mantenimiento. O tal vez estabas empatizando demasiado. En cualquier caso, no es pereza: es biología… con un toque de misterio.

(¿Bostezaste leyendo esto? Exacto.)