Comer: una necesidad biológica que también construye identidad

La comida no solo cumple una función biológica: también organiza rutinas, construye identidad y despierta emociones. Desde una milanesa compartida un domingo hasta un plato improvisado a la madrugada, lo que comemos suele estar cargado de significados que van mucho más allá de los nutrientes.

En términos culturales, la comida funciona como un lenguaje. Cada sociedad define qué es aceptable, qué es festivo y qué es cotidiano. No se trata solo de ingredientes, sino de técnicas, horarios y rituales. Comer en familia, repetir una receta heredada o discutir cuál es la mejor forma de preparar un plato clásico son formas de pertenencia.

Desde el punto de vista fisiológico, el acto de comer activa sistemas complejos: el olfato anticipa, el gusto confirma y el cerebro recompensa. Por eso ciertos sabores quedan asociados a recuerdos específicos. No es casual que, en momentos de estrés o celebración, muchas personas recurran a comidas conocidas y reconfortantes.

En los últimos años, además, la comida se volvió un terreno de debate público. La discusión sobre ultraprocesados, sostenibilidad, dietas y hábitos de consumo refleja una preocupación creciente por el impacto de lo que comemos en la salud individual y en el ambiente. Comer dejó de ser un acto privado para convertirse también en una decisión política y económica.

Así, la comida aparece como un punto de cruce entre cuerpo, cultura y sociedad. Alimentarse es inevitable; cómo, cuándo y con quién lo hacemos define, en buena medida, quiénes somos.