Los “salvajes urbanos” pueden dominar la “nueva Edad Media” del futuro

En 1990, el futurólogo francés Thierry Gaudin reunió un grupo de 48 científicos y expertos, con los cuales organizó 18 seminarios, para desdramatizar las aprensiones que suscitaba la llegada del siglo XXI e imaginar cómo sería el mundo en 2100. La conclusión de ese trabajo colosal fue un volumen de 600 páginas modestamente presentado como un “relato del próximo siglo”.

Un eje esencial de ese esfuerzo de prospectiva consiste en examinar las perturbadoras consecuencias de la explosión demográfica, que había comenzado un siglo antes en Estados Unidos y Europa. Ese fenómeno se intensificó siguiendo la lógica evolución de concentración humana impuesta por la Revolución Industrial, con la instalación de polos productivos en torno de las grandes ciudades: en 1970, como consecuencia de la aceleración de las grandes migraciones rurales registradas después de la Segunda Guerra Mundial, había 18 megalópolis con más de 5 millones de habitantes (Buenos Aires, con 8,4 millones de personas, ocupaba el 5° puesto en el ranking mundial). Ahora, 50 años después, existen 79 áreas de población que sobrepasan ese límite, considerado como el punto máximo de resistencia en términos de urbanismo. (A pesar de haber aumentado su población a 15,3 millones de habitantes, Buenos Aires descendió a la 14ª posición de la lista mundial). Como resultado de ese gigantesco éxodo humano, la mayoría de la población (56,2%) se concentró –por primera vez en la historia de la humanidad– en las grandes ciudades y sus periferias.

El portentoso desplazamiento de masas permite percibir el origen de esas megalópolis devenidas progresivamente incontrolables, donde el aumento de la pobreza favorece la aparición de “salvajes urbanos”, cada vez más alejados de la educación, sin formación profesional adecuada para adaptarse al ritmo que exige la evolución tecnológica, en situación casi permanente de desempleo y condenados a vivir como desclasados en ruptura con toda forma de socialización. Pero conocer el origen no explica todo.

Esa simbiosis de evolución tecnológica y movimientos sociales originó una transformación social de amplitud sin precedentes en Occidente, que cambió las condiciones económicas, agravó las desigualdades, reestructuró las relaciones sociales y modificó las claves de lectura para entender el nuevo mundo que se despliega desde hace años frente a nuestros ojos con apariencias de ser un sobrio daño “colateral del progreso”. Algunos sociólogos sostienen que esa tendencia de fondo constituye el elemento clave que, desde el punto de vista político, cuestiona los modelos vigentes, percibidos como arcaísmos, explica las convulsiones que enfrenta el mundo y abre el enorme desafío de imaginar alternativas concretas para salir de la espiral infernal de decadencia económica, política, social y cultural.

La confrontación que fomenta la profundización de la desigualdad amenaza en particular con agravar el déficit de educación y cultura que se advierte tanto entre pobres como opulentos. “Cada nueva generación llega como una invasión de bárbaros sobre la civilización. A la educación le corresponde civilizar a esas hordas”, escribió Hannah Arendt en La crisis de la educación.

En una nota publicada en el New York Times, la escritora británica Rachel Cusk describió como retroceso en la evolución humana la actual “edad de la grosería”, originada en un déficit cultural que genera una alarmante limitación del razonamiento y se manifiesta en gestos de insoportable insolencia, menosprecio de la cortesía, remplazo del diálogo por gritos e invectivas, lo que deriva con frecuencia en la supremacía de la violencia y la arbitrariedad sobre la razón. Ese fenómeno significó una brutal ruptura del contrato social que definía ciertas normas de convivencia. El síntoma más visible de ese fenómeno es la perversión del lenguaje.

Los científicos calculan que el ser humano comenzó a articular sus primeras palabras hace 2 millones años y recién evolucionó hacia un lenguaje elaborado hace 50.000 años. Hablar le exigió incluso modificar su estructura craneana para desplazar la laringe a fin de poder emitir ciertos sonidos. En suma, el lenguaje fue para el hombre una proeza más difícil que erguirse sobre sus dos miembros inferiores para caminar. En definitiva, se trató de un esfuerzo colosal. Hace más de 3.000 años comenzó a modelar los primeros rudimentos de filosofía para comprender los misterios de su existencia y alrededor del tercer milenio A.C. aparecieron los primeros signos de escritura para perpetuar lo que decía o era capaz de cavilar. Para expresar los infinitos matices de su pensamiento, el hombre posee 88.500 palabras en español registradas en el diccionario de la Real Academia de la Lengua más 70.000 americanismos (o 200.000 palabras en inglés, idioma mucho más rico). La mayoría de la gente, sin embargo, utiliza actualmente una paleta que incluye entre 300 y 500 expresiones, menos aun que las mil palabras que puede comprender la perra Chaser, una Collie entrenada por un profesor de psicología en Carolina del Sur.

La palabra y la escritura –como instrumentos para expresar el pensamiento– fueron las construcciones más sofisticadas de la evolución humana. ¿Todo eso para terminar profiriendo insultos, frases descuadernadas y sonidos guturales en un Parlamento, un debate por televisión o sencillamente en una conversación entre amigos? Si pudiera ver ese espectáculo, homo sapiens sentiría vergüenza de sus herederos.

Ese retroceso en la escala de la inteligencia se agrava con la banalización de zafiedades, incivilidades, insultos, amenazas, ataques ad hominem y –sobre todo– una pobreza lexical digna del hombre de las cavernas. “El salvajismo de las palabras precede y prepara el salvajismo de los actos”, se alarmó hace poco la historiadora francesa Mona Ozouf.

Como cualquier enfermedad política, una sociedad no permanece indiferente cuando una regresión cultural de esas dimensiones riega también los medios de comunicación, las redes sociales e inunda las instituciones más prestigiosas de la vida pública. Después de casi dos décadas de berlusconismo, los italianos perdieron confianza en la clase política y la tasa de participación electoral cayó de 86% en 1994 a 58% en 2018.

Una decadencia de ese tipo corresponde al escenario que el filósofo Gunthers Anders definió en 1960 como un “apocalipsis sin reino”, es decir una calamidad provocada por el hombre que desemboca en una serie de regresiones. Más explícito, el ensayista Alain Minc describió ese fenómeno como “Una nueva Edad Media”, desestructurada, sometida al tribalismo y a las crisis, sin centro de poder, con “zonas grises” dominadas por las mafias y la corrupción, habitada –cada vez más– por desclasados, donde la razón se repliega ante ideologías primarias, supersticiones y miedos ancestrales, y donde in fine prevalecerán la atomización y el desorden.

Thierry Gaudin retoma en parte esa idea, cuando habla de “salvajes urbanos”, y compara las ciudades amuralladas de la Edad Media –custodiadas por caballeros armados– con los barrios cerrados modernos, que solo pueden sobrevivir en medio de poblaciones empobrecidas gracias a la protección de fuerzas privadas de seguridad que son, en la práctica, mercenarios híbridos (semi uniformados, mal armados, peor pagados y relativamente fieles).

Con ese panorama a la vista, parece inevitable imaginar que la humanidad no avanza hacia un mundo de igualdad, tolerancia y refinamiento intelectual.

Especialista en inteligencia económica y periodista

Carlos A. Mutto/LaNacion