Es escort y cobra por sexo o por “hacerse el novio”: qué buscan las mujeres que piden sexo a domicilio

Leandro era sodero en zona oeste cuando un cliente le ofreció dinero a cambio de bajarle los pantalones y practicarle sexo oral. A pesar de que se define heterosexual, accedió “por el negocio”. Empezó a cobrarles a hombres, a mujeres y a parejas. Cuáles son sus condiciones, qué no hace, sus tarifas y qué buscan unos y otros

No hay nada allá al comienzo de la línea de tiempo, ni un solo indicio en su pasado que hubiera permitido suponer a qué iba a dedicar su vida. Lo que hay, más bien, es todo lo contrario: la historia de un chico de barrio criado en La Tablada por una familia tan religiosa que el chico, que llegó a ser monaguillo, sabía qué responder cuando le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande: “Cura”, repetía.

No fue cura, claro, sino empleado raso de carga y descarga en el depósito de una multinacional, vendedor de sanitarios, de grifería y de muebles de baño, de calzados de damas y de juguetes después. Hasta que, hace unos 6, 7 años, Leandro aceptó ese trabajo de sodero que cambió el rumbo de todo.

Es el trabajo al que hoy debe el apodo con el que lo conocen en sus redes quienes buscan sexo a la carta y a domicilio -“Sodero dotado”-; la razón por la que muchas mujeres que pagan por un rato de “juego de roles” le piden, sin vueltas, eso: “Que les toque el timbre con la ropa de sodero puesta”, cuenta él, que tiene 28 años.

De todo eso hablará Leandro en esta entrevista con Infobae. Desde cómo empezó a cobrar, ya no sólo por los sifones, sino también a cambio de algunas prácticas sexuales. Desde cómo se enteraron sus amigos – “heterosexuales, como yo”- de que atendía a mujeres sí, pero también a hombres, hasta las tarifas diferenciadas que maneja. ¿Qué le piden las mujeres que lo llaman? ¿y las parejas?

“Lo que faltan son financistas”

Las fotos están en su cuenta de Instagram: Leandro en el camión, la camisa ajustada celeste pureza, el logo de la marca de soda, los bidones de fondo. La historia detrás de las fotos la cuenta él.

“Vivía caliente arriba del camión, me subía y ya tenía ganas de garchar, deseo, era como mi fantasía. La mayoría de las veces salía solo a hacer el reparto, así que primero empecé a tener sexo con clientas, con hijas de clientas, pero no a cambio de plata. El tema de la remuneración vino por parte de un hombre”.

Leandro Ezequiel hacía el reparto en una zona cercana a la universidad de Morón, por lo que entre sus clientes había varios extranjeros. Fue un brasilero el primero que lo invitó a subir a tomar algo, “y viste que el sodero es súper amistoso…”, explica. Leandro dejó el camión en marcha en la puerta, se calzó el bidón de 20 litros al hombro, dejó a la vista los bíceps trabajados en cada día de entrenamiento, subió.

“La cosa es que el brasilero me empezó a mostrar fotos de mujeres en su celular mientras me decía ‘éstas son mis amigas, con lo que vos tenés ahí abajo podrías…’. Leandro puso cara de “me encantaría” y, enseguida, el brasilero redobló la propuesta: “‘¿Y yo? ¿Puedo hacer algo también? Te puedo dar 2.000 pesos’. Hace 6 o 7 años 2.000 pesos era plata. Y bueno…accedí”.

Los 15 minutos semanales con el brasilero que le pagaba solo para practicarle sexo oral pasaron de ser la excepción a ser la regla. “Lo único que vi fue plata fácil”, dice. Leandro le dijo al brasilero que si sus amigos necesitaban lo mismo le avisara y así fue sumando clientes y también clientas. ¿Cómo llegó a ellas, si nunca le había cobrado a una mujer?

“Fue especialmente por el boca en boca, porque por lo general los clientes gay tienen muchas amigas mujeres. Ellos iban y les decían a sus amigas: ‘Tenés que probar con este chabón, no sabés cómo la tiene’”, cuenta.

Fue su hermana la primera persona a la que Leandro pudo contarle sin filtros lo que hacía entre sifones y bidones y las dudas que tenía, “porque lo que me pesaba era mi enseñanza religiosa, a mí me habían enseñado que los gays eran pecadores, y yo estaba con ellos por plata”. Después se enteraron sus amigos.

Fuente: Infobae