‘Toy Story 4’ y el ataque de los monchitos diabólicos: 11 muñecos de ventrílocuo que inspiraron la película de Pixar

‘Toy Story 4’ y el ataque de los monchitos diabólicos: 11 muñecos de ventrílocuo que inspiraron la película de Pixar

Las películas de la saga ‘Toy Story’ siempre se han caracterizado por incluir, de un modo u otro, algún personaje que conecta con el cine de terror en alguna de sus formas. Pixar juguetea con la idea de que un muñeco inanimado que adquiere vida, por muy entrañables que nos pongamos, ya da algo de yuyu de por sí, y por eso desde su primera entrega teníamos los juguetes monstruosos y deformes del vecino de Andy, que llevaban a cabo una inteligente y escalofriante revisión de ‘Freaks’.

Los momentos de suave -pero inquietante- reflexión sobre el temor cerval e instintivo que nos producen los muñecos, mucho más si son de tipo vintage, cierra el inevitable círculo con ‘Toy Story 4’, donde una vieja tienda de antigüedades es el entorno perfecto para generar algo de pánico en los héroes y el espectador. Por una parte está la muñeca Gabby Gabby, una especie de Baby Jane que se da ominosos paseos por la tienda y que solo quiere una caja de voz para volver a ser una estrella entre las muñecas. Pero es su criado Benson al que inevitablemente podemos relacionar con otros muñecos míticos del cine de terror.

Los Benson (porque hay varios, como un ejército mudo de monchitos) son muñecos de ventrilocuo que han sido definidos en la película con inquietante inteligencia: mudos (porque es su usuario el que les pone la voz), solo tienen articulado el cuello, que pueden girar 360 grados, y las piernas les sostienen a duras penas porque estas extremidades no tienen partes sólidas. Sin embargo, todos estos elementos no son nuevos: el muñeco de ventrilocuo, su particular naturaleza y su espeluznante aspecto de niño vestido de comunión o adulto ridículo han inspirado múltiples historias de terror. Hemos recopilado algunos de los más notables: estos son los abuelos de Benson.

El trío fantástico (1925)

Por supuesto que si alguien podía inaugurar este conglomerado de mal rollo rígido y desazón a distancia eran Tod Browning y Lon Chaney. Juntos hicieron dos versiones de esta historia (una muda en 1925 y otra sonora en 1930), basándose en una novela de Tod Robbins (también autor del relato en el que se inspiró ‘Freaks’). Aquí el ventrilocuo y su muñeco son un detalle lateral, ya que no suponen más que un disfraz para un criminal que junto a un enano que finge ser un bebé, un forzudo y una femme fatale cometen una serie de crímenes.

Más conocida que la encarnación de Chaney como ventrilocuo es su conseguidísimo, y posterior en la trama, disfraz de anciana. Pero, en cualquier caso, no deja de ser significativo que en una época tan temprana de la historia del cine, la ventriloquía (aquí el artista recibe el significativo nombre de Echo) esté asociada a la maldad y el crimen.

El otro yo (1929)

Entramos ya en materia escalofriante con una película que deja bien claro por qué nos resultan inquietantes los muñecos de ventrilocuo: son versiones de sus dueños (a menudo, también físicamente) a las que se les ha sustraído todo tipo de límite moral. Pueden decir y pensar todo lo que sus dueños se ven obligados a frenar por las convenciones sociales. Es decir, lo que los hace divertidos, convirtiéndolos en bufones, es también lo que los hace aterradores.

Así sucedía en ‘Mi otro yo’, donde Erich Von Stroheim es un fascistoide ventrilocuo capaz solo de demostrar sentimientos a través de su muñeco. Cuando su amada le abandona, nuestro artista se desquicia y es capaz de empatizar solo con su inquietante miniyó. No exactamente una película de terror, pero sí un drama (con números musicales) que incluye ciertos elementos de psycho-thriller. El resultado es absolutamente inclasificable y muy pasado de moda, pero esencial para trazar las raíces del muñeco zumbado como vehículo de inquietud.