“The Handmaid’s tale”, segunda temporada: perversión, emoción y sororidad en la lucha por escapar de la opresión

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Está en una camioneta. No sabe a dónde la llevan. Un casquillo de bala rueda por el piso. Respira miedo. Escucha frenadas. Parece que llegaron al destino. June baja. La amordazan. Igual que ella, otras criadas son arrastradas como un rebaño al centro del estacionamiento. En pocos segundos, entran a un enorme estadio que, en otros tiempos, era una cancha de béisbol. Lejos de ser un lugar de esparcimiento, ahora está convertido en lo peor de la dictadura de la República de Gilead: un campo de ejecución.

Cuando June lideró la minirevolución de las criadas para evitar la lapidación de Janine, sabía que el perverso Estado que se adueñó de todo se la iba a cobrar. La primera secuencia de la segunda temporada de The handmaid’s tale muestra en su máximo esplendor cómo actúa ese mundo asesino contra el que se rebela: es implacable, amenazante y perverso con las mujeres que no acepten los mandatos masculino y de su Dios.

Durante la primera temporada de The handmaid’s tale, los creadores eligieron mostrar lo más relevante del libro escrito en 1985. “Lo leí un montón de veces. Tomé pistas de acá y de allá, no para alterarlas, sino para decir ‘ok, lo voy a contar de la manera más lógica’. Es acá donde Margaret Atwood se convierte en esencial en nuestras conversaciones”, contó en una entrevista con The New York Times,.el showrunner, Bruce Miller.

A partir de este año, la serie basada en la novela de Atwood amplió ese universo y expandió las tramas de los personajes que conviven en ese país distópico, en el que deben aceptar las reglas inamovibles que les imponen. Lo central, esta vez, pasa por saber cómo hará la protagonista para intentar escaparse del opresor universo misógino en el que transcurren sus días.

La historia explora qué hay más allá de los límites de las enormes casas donde viven los comandantes que idearon la teocracia que tomó por asalto un territorio de los Estados Unidos. Por eso, aparecen las colonias de esclavas formadas con mujeres desechadas, los barrios alejados a la ciudad principal y la durísima vida de los refugiados en Canadá en “Little America”.

Pero también, hay una constante búsqueda introspectiva. A través de los ojos de June, sus lágrimas, gestos y enojos, se contempla cómo empieza a gestarse algo grande. La emoción se transforma en central para el recorrido de la ficción: los primeros planos, los planos detalle y los silencios son permanentes.

La brutalidad y la crudeza de algunas escenas pueden perturbar la sensibilidad de algunos espectadores. Por momentos, parece que hubiera cierto regodeo en los realizadores en hacer foco solo en los violentos castigos contra las que eludieron los carriles de la “buena conducta” que impone el orden religioso dominante. Más allá de eso, cuando la acción avanza, todo se encamina.

Con la revolución feminista de los últimos años, una palabra empezó a trascender y se convirtió en popular: sororidad. El término puede ser definido como la solidaridad entre las mujeres para enfrentarse y oponerse al patriarcado. June, la criada, y Serena, la mujer del comandante, empiezan a darse cuenta de que no son tan diferentes.

Una registra a la otra y viceversa. Hay un mal mayor que las sobrepasa. Hay una condición que las iguala. Hay una beba que está en camino que las une. El patriarcado se va a caer.