Conocé la increíble casa de Germán Martitegui en una isla del Tigre

Conocé la increíble casa de Germán Martitegui en una isla del Tigre

Germán Martitegui es una caja de sorpresas inagotable. Apenas se traspasa un poquito esa coraza de “jurado malo, aguerrido y gruñón” que se puso en cada edición de Masterchef, pero sobre todo en la actual, donde debe lidiar con una serie de celebridades que ponen sus manos entre masas, sartenes, ollas y preparaciones, se descubren, unas tras otras, las verdaderas capas de su personalidad y de su forma de ser. O elementos que tienen que ver con su vida, y lo pintan perfectamente de cuerpo entero. Por ejemplo, su casa de fin de semana. Una vivienda única por su estilo, su concepción, su forma, su ubicación y su sustentabilidad. ¿Vamos a conocerla? Adelante…

Martitegui es, ante todo, un hombre muy ocupado. En épocas normales, sin pandemia y con su restaurante funcionando a pleno (es dueño de Tegui, uno de los más prestigiosos de latinoamerica y el único argentino que figura en la lista de los 100 mejores del mundo), sus días suelen arrancar muy muy temprano. Es de noche, muchas veces, cuando llega al Mercado Central de Buenos Aires con la idea de conseguir dos cosas: buenos productos y mejores precios.

Cada plato que prepara y sirve debe dejar una buena ganancia y tiene que estar supervisado por su mirada infalible. Cuando se acuesta, bien entrada la otra madrugada, ya fue, eligió, compró, abrió el restaurante, preparó, habló con aquellos que trabajan allí, se encargó de otras cuestiones administrativas, sirvió, cobró y cerró. Es un obsesionado de conservar -y si se puede multiplicar- el “Estilo Tegui”, como lo llama él.

Como si eso no fuera suficiente, también atiende a sus dos hijos, Lorenzo y Lautaro. Los chicos no son mellizos, pero nacieron con 6 meses de diferencia uno del otro. ¿Cómo es eso? Sencillo: para tenerlos, Martitegui recurrió al mismo método al que echaron mano Luciana Salazar, Flor de la Ve, el animador infantil Diego Topa, Marley o Flavio Mendoza: la subrogación de vientre. A los chicos, sobre todo cuando son tan pequeños, hay que atenderlos desde que se despiertan hasta que se acuestan.

 
EL LIVING DE LA CASA, CON VISTA AL “BOSQUE”. DE UN LADO VERDE, DEL OTRO AGUA.

Martitegui gasta más energías que las que se pueden consumir con una triple ración en su restaurante. Muchas veces, como decían las abuelas, con tanto ajetreo “termina molido” (justo para un cocinero). Así uno, dos, diez, quince días. Al cabo de un tiempo, el hombre necesita tomarse un respiro. Y si bien es un amante de los viajes y de conocer nuevas culturas, para meter un quiebre a toda esa rutina no es necesario subir a un avión y volar destinos exóticos, lo que también representa una cuota de estrés. Con elegir un lugar cercano, con tener algo a mano, alcanza.

 

Por eso se construyó una “casa de retiro” en el Tigre. Y si bien no está tan lejos de la Ciudad, llegar es toda una aventura. La vivienda no tiene acceso terrestre. No sirve tener el mejor vehículo de la tierra. Solo se puede ir surcando uno de los brazos del delta del Paraná. Así que primero hay que llegar hasta un punto límite en vehículo y ahí subir a un bote. Martitegui tiene uno “estacionado” en un amarradero de la zona. Lo maneja con mano maestra, y con fervor recorre las amarronadas y turbias aguas de la zona.

 
MAS QUE PUERTA, LA CASA TIENE “MUELLE DE ENTRADA”. TODO ES DE MADERA.

La casa es biosustentable y respeta algunos lineamientos principales de la arquitectura moderna. Está construida en un 90 por ciento en madera y más que “puerta” tiene “muelle de entrada”. Cuando se llega allí, se tira una soga, se ata el bote a uno de los parantes que sobresalen por encima del agua y con cuidado se desciende de la embarcación y se ingresa en la propiedad.

En la casa no hay luz ni agua corriente, y se cocina con leña. Cuando cae la noche, se prenden algunos focos o velones. Lógicamente no hay televisión y cuando se acaba la batería del celular, se lo guarda hasta que se vuelve a la “jungla de cemento” y se encuentra otro enchufe donde poner la batería. Ir allí es para descansar de todo. Si hace falta un entretenimiento, mientras hay luz de día se puede leer.

Un lugar muy placentero para hacerlo es una especie de “deck” en el que se puede tomar un desayuno contemplando la calidez del lugar, la calma chica del agua calma cuando no pasa ningún botecito, el canto de los pájaros, las ramas que se mueven y se rozan, el verde infinito, los árboles eternos y frondosos y, claro, también algunos bichos. Sobre todo en invierno, es indispensable “bañarse” en repelente para pasar unas horas allí sin ser “devorado” por los insectos.

Las paredes están cuidadosamente adornadas con muebles, sillones y demás elementos al tono. Todo es armónico y transmite calma, paz, sosiego y quietud. Las pocas veces que va, Martitegui se da uno de sus gustos preferidos: cocinar en un horno de leña que se hizo prepar especialmente en un rincón donde puede tener, adenás, mucho contacto con la naturaleza. El mismo chef, como si fuera un labriego, baja a buscar la madera y prende el fueguito donde prepara los manjares que saborean él y aquellos que lo acompañan.

MADERA Y VEGETACION, LA COMBINACION PERFECTA PARA ESTAR EN CONTACTO CON LA NATURALEZA EN LA CASA DE RETIRO DE GERMAN MARTITEGUI.

Tampoco hay agua corriente. Para todo lo que necesite, se saca de una bomba. Así que a darle a la manivela y a llenar recipientes. Con esos “obstáculos” se entra en estado “desprovisto” rápidamente, pero se hace dificil que las estadías sean prolongadas. Un par de días allí y ya hay que volver a la gran ciudad. Al ritmo frenético. A la vida vertiginosa. Pero no es problema: todos salen de allí con el espíritu renovado y las pilas recargadas.

Fuente: Paparazzi