Los Rodríguez: La historia de ‘Sin documentos’, el disco que dio vuelta el rock en español

292

A 25 años de su lanzamiento, Calamaro, Rot y Vilella recuerdan cómo llegaron a grabar el álbum que anticipó el final de una banda única

Las canciones de Sin documentos salieron como de una explosión. A mediados de 1992, Los Rodríguez era una banda caótica con fecha de vencimiento que deambulaba por bares y garitos madrileños de mala muerte, noche tras noche. No tenían bajista, ni contrato con una compañía discográfica, ni agenda de shows programada. Además, la relación con su manager estaba totalmente deteriorada, y Andrés Calamaro ya había empezado a pensar seriamente en volverse a Buenos Aires para continuar su carrera en solitario. ¶ “El año olímpico fue una mierda”, dice Calamaro a Rolling Stone, a 25 años de la salida del disco que posicionó a Los Rodríguez en la cima del rock en español. La crisis económica golpeaba a España elevando el índice de desempleo después de la inversión pública que había demandado la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 y la Exposición Universal de Sevilla, sumergiendo al país en una recesión que desencadenó la quiebra de varias empresas de la industria discográfica. “Mientras tanto en Argentina”, continúa Calamaro, “nuestros amigos estaban teniendo mucho éxito: grababan discos en los Estados Unidos y llenaban estadios”.

Los integrantes de Los Rodríguez superaban los 30 años y acumulaban una gran cantidad de horas tocando en escenarios y en estudios de grabación. Calamaro venía de una carrera musical vertiginosa con Raíces, Los Abuelos de la Nada y la producción de cuatro discos en plan solista. Los guitarristas Ariel Rot y Julián Infante habían saboreado el éxito fugaz en la España de finales de los 70 al frente de Tequila, un grupo de influencia stone. (Durante los 80, Rot conoció a Calamaro en Buenos Aires e Infante se quedó en Madrid, donde vivió toda la “movida madrileña” y conoció la heroína.) Y el baterista Germán Vilella había tocado en el grupo de heavy metal Prisma y colaborado como sesionista con músicos de la talla de Antonio Flores y Luis Eduardo Aute.

En directo, la banda ofrecía una potencia arrolladora: Calamaro manejaba el teclado y la voz de forma magistral, mientras que Infante y Vilella construían la base rítmica para que Rot encendiera los conciertos con solos de guitarra endemoniados que, muchas veces, se extendían más allá de las versiones originales de las canciones. Los escenarios de las salas Siroco, Zeleste y Silikona Bar eran testigos de un grupo que combinaba la impronta de la rumba y el vigor del rock stone, y Camarón de la Isla con Joaquín Sabina.

Habían inventado Disco pirata –un álbum en vivo con covers de Moris, Charly García y Sergio Makaroff- para conseguir fechas, pero la idea resultó un fracaso y el bajista Candy Caramelo abandonó el grupo seducido por una oferta económica tentadora para sumarse como sesionista a la gira de las Azúcar Moreno. “No era fácil mantenerse aquí”, dice Rot ahora, desde Madrid. “Estábamos grandes y teníamos que buscarnos la vida.”

“Yo sobrevivía con el sueldo de mi novia, que trabajaba en Virgin”, recuerda Calamaro. “Llegué a pedirle pesetas prestadas al diariero de la esquina de mi casa.”

Alejados durante un tiempo breve de los escenarios para demear las canciones que venían probando en los ensayos, Los Rodríguez necesitaban reinventarse, grabar un disco que reflejara la lucidez creativa de Calamaro y conquistar una audiencia que les permitiera escalar, de una vez, a las grandes ligas. En solo tres meses organizaron y grabaron el demo que iba a convertirse en Sin documentos. Pero cuando ya tenían todo eso, la parte difícil acababa de empezar. “Cuando terminamos el demo nos perdimos en el laberinto de las compañías discográficas y productores que prometían cosas que después no cumplían”, explica Rot. “Todo eso nos quemó: habíamos perdido el tiempo y la esperanza.”

En la víspera de la Navidad de 1992, el responsable del sello GASA, Alfonso Pérez, recibió un casete con las nuevas canciones de Los Rodríguez. Era el último de una larga lista: ese mismo material ya había sido rechazado por todas las demás compañías discográficas de España. “Mostrábamos los demos de Sin documentos en todos lados y no los quería nadie”, recuerda Calamaro. El casete que llegó a GASA llevaba adentro ese pack de canciones imbatibles que el verano siguiente iban a revolucionar el rock español convirtiéndose en un suceso de ventas a ambos lados del Atlántico, pero hasta ese momento Los Rodríguez no tenían nada, ni siquiera tiempo que perder. Calamaro lo dice así: “Necesitábamos el trabajo”.

Los integrantes de Los Rodríguez tenían por lo menos tres rasgos en común: les gustaban las noches de fiesta en Madrid, deseaban fuertemente triunfar tocando rock y odiaban perder el tiempo. El 28 de septiembre de 1990, el mismo día que Calamaro aterrizó en el Aeropuerto de Barajas con un teclado Yamaha DX7 y el equivalente a 900 dólares en el bolsillo, comenzó a ensayar con Rot e Infante en la sala La Nave, un espacio prestado por sus colegas de Lions in Love, que por aquellos días triunfaba en España y contaba con cuatro músicos argentinos: Daniel Melingo, Willy Crook, Guillermo Piccolini y Pablo Guadalupe.

Esa misma noche, Calamaro y compañía asaltaron el escenario del boliche Al-Lab de Malasaña, en el que estaba tocando el ex Manal Claudio Gabis, y allí empezó a gestarse la base de lo que un mes después iba a llamarse Los Rodríguez. Incorporaron en batería a Vilella, que venía de tocar en Álex & Christina y propuso como bajista a Guillermo Martín, el guitarrista de Desesperados que ensayaba en la sala vecina del complejo Tablada 25. “A mí me gustaban más los guitarristas que tocaban el bajo que los bajistas puros”, dice Vilella. “Una tarde, mientras ensayábamos, pasó Guille y lo invitamos a tocar unos temas. La cosa explotó: era exactamente lo que buscábamos.”

Un tiempo después, el 6 de diciembre de 1990, ofrecieron el primer show oficial en la sala Siroco -un espacio para 200 personas- ante un público ansioso por conocer el nuevo proyecto musical de dos ex miembros de la mítica banda Tequila con un cantante argentino.

En España, el rock argentino ya había dejado su huella transformadora durante los años 70, cuando Moris llegó al país y les enseñó a cantar en español a los rockeros de la época del “destape” (tras la muerte de Franco y la caída del franquismo), por lo que la propuesta de Los Rodríguez con Calamaro despertaba aún mayor curiosidad.

Esa noche en Siroco tocaron algunos temas que en 1991 incluirían en Buena suerte, su álbum debut, y varios covers de Tequila y Elvis Presley, con el desparpajo callejero de una banda de amigos que por las noches salía siempre de juerga por bares y clubes nocturnos: Al-Lab, Ambigú, Ya’sta Club, Stella, Archy, Max, El Voltereta.

Vivían casi en comunidad en “una mansión decadente y glamorosa” del barrio Chamberí que, en 1979, habían alquilado Ariel con su hermana, la actriz Cecilia Roth, por muy poco dinero. “Gracias a vivir juntos en [la casa de la calle] Martínez Campos 49, existíamos”, dice Calamaro. “Supongo que eso nos hizo más fuertes y unidos como grupo.”

La propiedad de 200 metros cuadrados en la que antes había funcionado la peluquería Rupert enseguida se convirtió en sede de fiestas y lugar de encuentro de músicos, actores, escritores y directores de cine de la incipiente cultura madrileña de principios de los 90. Los integrantes de Los Rodríguez le decían “El Rancho”. Vilella dice: “El Rancho era como un club privado en el que además dormían Andrés y Ariel. Allí pasaban todo tipo de cosas, lo que uno se quiera imaginar…”

En apenas unos meses, Los Rodríguez construyó un estilo que partía del rock y el blues hacia el nuevo flamenco de Ray Heredia -quien, según Calamaro, cambió el sonido gitano moderno- e incluía bulerías que les enseñó el hijo de Lola Flores, Antonio, que por esos días había sido adoptado como un Rodríguez más.

Editado en 1991, Buena suerte reflejaba la frescura de una banda experimentada a la que le brotaban los temas. “Teníamos que buscar más que nada un sonido”, dijo Calamaro en una entrevista televisiva con Roberto Pettinato en 1992. “Y buscando un sonido encontramos también un montón de canciones.” Sin embargo, aun cuando contenía futuros clásicos como “Mi enfermedad”, “Engánchate conmigo” y “A los ojos”, el disco no pudo hacerle honor a su título: a pocos días de ser editado por Pasión, el sello presentó quiebra y con ella se esfumaron las posibilidades de financiar una gira y realizar una campaña de difusión.

El rock español atravesaba una etapa de recambio. Manolo Tena y Seguridad Social asomaban como los principales artistas de la renovación del rock-pop español, que tenía como estrellas consagradas a Héroes del Silencio y El Último de la Fila. Bandas como Radio Futura, Los Ronaldos, Revólver y Celtas Cortos mantenían cierto estatus sin caer en la etapa de declive que atravesaba Gabinete Caligari. Mientras tanto en el under, Los Rodríguez competían por los mismos conciertos en bares a los que podían aspirar Los Planetas, 091 y La Guardia.

La prensa especializada de España definió a Los Rodríguez como un grupo de doble nacionalidad con sangre latina. “Buenas guitarras, un sonido impecable y el descubrimiento de un cantante y tecladista de calidad llamado Andrés Calamaro”, decía la crónica de una de las primeras presentaciones de Los Rodríguez publicada por el diario El País. “Un directo brillante para un grupo de veteranos que se entrega como si se tratase de una banda de novatos.”

Por esos días, Calamaro comenzó una relación intensa con Mónica García de Piedra, una secretaria del sello Virgin cuya vida continúa siendo un misterio, y Rot empezó a salir con una locutora llamada Rosa que por las noches trabajaba en una radio de Madrid. Una tarde en la casa de Martínez Campos, Calamaro le mostró a Rot con una guitarra criolla la canción que acababa de crear en el mismo tono que “Mil horas”.

La canción se llamaba “Sin documentos” y era una rumba rioplatense con un sonido entre Los Chichos y Caño Roto que Calamaro había compuesto influenciado por “Chiquilla” de Seguridad Social y el disco Volumen 5,de Los Fabulosos Cadillacs. “La letra apareció ahí nomás”, dice Calamaro. “Tiene un poco de desarraigo y amor.”

“Sin documentos” encerraba dos historias en una. Por un lado, Vilella, que había nacido en Puerto Rico, para entonces llevaba ocho años en Madrid como inmigrante ilegal, sin los documentos en regla. Y por otro, en su esfera más personal, Calamaro acababa de casarse con Mónica (Pettinato había sido uno de los padrinos de la boda) y, aunque nunca ha querido dar demasiadas pistas acerca de la letra, cuando escribió “porque buscando tu sonrisa estaría toda mi vida/ Quiero ser el único que te muerda en la boca”, todo indica que hablaba de esa morocha española que ahora era su mujer.

A comienzos de 1992, Rot tuvo que entregar la casa de la calle Martínez Campos. Calamaro alquiló con Mónica el departamento número 14 de un edificio ubicado en la Calle del Pez número 6, en el barrio Malasaña de Madrid, y Rot se fue a vivir con su novia. “Al dejar El Rancho se eliminó una parte fundamental de la camaradería y la forma de trabajar del grupo”, dice Vilella. “Todos comenzamos a tener compañeras más o menos estables y, en consecuencia, buscamos un lugar para convivir con ellas. Eso menguó las horas de convivencia…” Vilella se ríe. “¡Mujeres! ¡Que se lo digan a Los Beatles!”

En esta nueva etapa, los ensayos se convirtieron en un ritual obligatorio. “Ir a ensayar era casi nuestra religión”, dice Rot. Ubicada en Tablada 25, dentro de un complejo de salas del barrio Tetuán, de Madrid, la sala de Los Rodríguez era una habitación pequeña en la que apenas cabían los cuatro integrantes estables de la banda con sus respectivos equipos y el bajista Daniel Zamora, que por esos días había regresado al grupo en condición de sesionista (después de su paso por el grupo de acompañamiento de Alejandro Sanz, ya no participaba de la toma de decisiones ni de las sesiones de fotos de prensa).

En esa sala, entre cervezas y sustancias, entre cuatro paredes decoradas con grafitis y posters de ZZ Top, Diego Maradona, Nikki Sixx, Keith Richards, una publicidad de Marshall y el afiche promocional del disco Buena suerte, fue donde Los Rodríguez montaron el laboratorio íntimo de canciones de Sin documentos. “Con Andrés se armaba una cosa muy interesante a nivel creativo”, explica Rot. “Teníamos un feedback muy poderoso. Pasaban los días y con las vueltas que les dábamos a las canciones iban mejorando mucho.”

Para mediados de octubre de 1992 tenían cerrados ocho temas y alguien había anotado los nombres en un papel y lo había pegado en la pared de la sala, entre los posters: “El jugador” (después “Mala suerte”), “Atrapando” (“Me estás atrapando otra vez”), “Rumba” (“Sin documentos”), “Hablando solo” (que quedaría fuera del disco hasta la reedición 20º aniversario), “Ht q’el sueño” (“Hasta que el sueño venga”), “P.S. mortal” (“Pequeño salto mortal”), “Especies” (“Especies que desaparecen”) y “7 segundos”.

En un primer momento, ninguno de los integrantes de Los Rodríguez vislumbró la chance de que “Sin documentos” se convirtiera en un megahit que marcaría un punto de quiebre en la historia de la banda. Incluso unos días después de componerla, cuando Calamaro la llevó a la sala para tocarla con el resto del grupo, hubo desacuerdos sobre la idea de sumarla al repertorio de canciones que estaban preparando para el nuevo disco. “Cuando me presentaron ‘Sin documentos’, no me gustó mucho y decidí boicotearla”, dice Vilella.

Vilella había trabajado con Antonio Flores y compartido zapadas con los grupos flamencos y de gitanos más importantes de la noche madrileña: Navajita Platea, Ketama, El Bola (Agustín Carbonell). Contaba también con la experiencia de haber escrito las partituras de las baterías para los discos de Los Chichos, y su admiración por el flamenco más puro, al que en España llaman jondo, hacía que le produjera cierto rechazo la fusión entre la rumba y el rock. “Yo quería tocar rock y nada más”, dice. “Al menos con Los Rodríguez.”

Entonces el baterista le puso un redoblante rockabilly a “Sin documentos”, pero manteniendo el tumbao del bombo, pensando que eso era justo lo que no iba a quedar bien con la canción y que sus compañeros iban a odiar el arreglo y descartar el tema. Pero ese groove implementado por Vilella, que en la grabación se acerca como un galope, fue justo lo que le aportó a la canción su ritmo innovador y contagioso.

Aunque todavía hoy “Sin documentos” sigue sin gustarle, Vilella reconoce: “La fórmula funcionó”. El ritmo de rumba-rock de la canción fue copiado luego por muchos grupos de rock españoles como El Canto del Loco en el exitoso “La madre de José” o La Cabra Mecánica, en su hit “La lista de la compra”.

Por su lado, Rot había compuesto “Dulce condena”. Una de esas noches estaba viendo una película mientras esperaba que su novia volviera de la radio, pero un corte de luz en el barrio lo obligó a cambiar de plan. A la luz de una vela, primero sacó el arreglo de la intro que acompaña la melodía y unos minutos después armó el puente y el estribillo. Al día siguiente fue a la casa de sus padres, se sentó en un piano y buscó, como era su costumbre, los acordes con una armonía más abierta.

En aquella época, Calamaro y Rot ya estaban componiendo por separado y eran muy raros los casos en que de una música del guitarrista saliera espontáneamente una letra. Entonces la llevó a la sala e inmediatamente Andrés empezó a escribir. “Recuerdo que me dijo: ‘Uh, me parece que tengo algo bueno aquí’. Y Andrés la cerró muy bien.” Rot piensa que la particularidad de esa canción está justamente en el cambio armónico que hace en un momento, como transportándose a otro tono. “Por ese tema hay que agradecerle a [la compañía de energía eléctrica] Endesa”, bromea.

“Salud (dinero y amor)” surgió de otro chispazo de inspiración de Calamaro. “Creo que nunca supimos cómo tenía que sonar realmente: solo sabemos tocar rock, de rancheras y chacareras no teníamos el know how”, dijo el cantante a RS, dejando entrever la posibilidad de que -como era habitual en este tipo de canciones híbridas con ritmos improbables que no corresponden al rock- la música hubiera surgido en algún ensayo.

La fuerza creativa que atravesaba a Calamaro le permitía trazar puentes musicales entre historias personales como la de “Mi rock perdido”, donde manifestaba su búsqueda incansable de una canción que se rindiera ante él, y otras más lejanas: de amores a la distancia. Eran canciones con un ojo puesto en España y otro en Argentina, un país a flote y el otro en medio del derrumbe inflacionario; El Corte Inglés y el Plan Austral en la misma estrofa de un relato magnífico en formato canción, solo voz y piano, llamado “7 segundos”.

A Rot le estaba costando ponerse a la altura de Calamaro y empezó a revisar su archivo, donde encontró un viejo tema de los 80 que había compuesto con Julián Infante para un disco de Tequila que no llegó a grabarse, en tiempos en los que a este último se le hacía difícil escapar de la heroína: “Me estás atrapando otra vez”.

En el final de “Hasta que el sueño venga”, Calamaro recitó a modo de homenaje una estrofa de “Soy gitano”, la canción más popular de Camarón, que había fallecido a comienzos del 92: “Soy gitano y vengo a tu casamiento/a partirme la camisa, la camisita que tengo”. Tiempo después, en una entrevista en el programa de TV argentino La Cueva, que conducía Antonio Birabent, Calamaro dejó en claro la influencia que había despertado Camarón en la música de Los Rodríguez. “‘Especies que desaparecen’ es nuestro homenaje a Camarón de la Isla, o Stevie Ray Vaughan, o Jimi Hendrix”, dijo. “Especies únicas, especies de una sola persona que van a desaparecer con el siglo.”

Dos años después de llegar a España, Calamaro aún no contaba con dinero para comprar equipos de grabación ni el espacio para montar un pequeño estudio en el departamento que compartía con Mónica, por lo que solía terminar de componer en la sala de ensayo.

Los Rodríguez eran una banda que desde sus inicios daba pérdida. Después de grabar “Viridiana” para el disco Yo, Mi, Me, Contigo de Joaquín Sabina, Calamaro se había pasado un mes entero mirando el buzón a la espera del cheque, y la banda había vendido los derechos editoriales de las canciones de Buena suerte. “Lo más estúpido que habíamos hecho no fue menos noble”, dice Calamaro. “Vendimos los derechos de las canciones de Buena suerte por 2.000 dólares para Julián y Germán. Un buen motivo, pero un mal negocio.”

“Yo no cobraba regalías de ningún sitio, como sí cobraban los otros tres”, explica Vilella, que mientras grababa Sin documentos trabajaba de portero en la sala Ya’sta, donde a veces tocaba con Los Rodríguez. “Aunque había trabajado con los mejores artistas de España y ahorré bastante, en los dos primeros años de Los Rodríguez me consumí todos los ahorros.”

En “Algo se está rompiendo”, una canción catártica que no obtuvo mayor trascendencia, Calamaro necesitó menos de cuatro minutos para describir el desencanto que vivía a nivel personal con Los Rodríguez: “Voy a escribir de nuevo esta canción y cobrar doble derechos de autor/ Solo quiero una oportunidad, porque todo se está rompiendo”.

Cuando tuvieron más de diez canciones terminadas, consiguieron un turno en los estudios de la Escuela Superior de Imagen y Sonido CES, de Madrid, y grabaron los demos bajo la dirección del sonidista Walter Chacón. “Fuimos dos o tres días e hicimos de una sola toma todos los temas”, dice Chacón, que recuerda que en aquellas grabaciones ya sobresalían “Sin documentos” y “Dulce condena” como futuros hits. “Los Rodríguez eran una máquina de componer y estaban en un momento altamente creativo.”

La oferta del sello GASA llegó en el momento justo. Calamaro y Rot estaban convencidos de que las canciones eran poderosas, pero el hecho de que ninguna compañía discográfica mostrara interés por los demos de Sin documentos los tenía preocupados. “Estábamos desilusionados con la industria y apareció Alfonso”, dice Rot acerca del director de GASA, Alfonso Pérez. “Y realmente nos sedujo con las ganas que tenía de ficharnos, sabiendo que éramos perros viejos y que iba a tener que lidiar con tipos que no eran fáciles.”

Calamaro y Rot se reunieron con Alfonso en el Café Gijón de Madrid. Calamaro estaba algo escéptico: no le interesaban las propuestas salvo que fueran realmente potentes. El encuentro se extendió más de tres horas en las que repasaron el contrato, pero por sobre todo hablaron de música, de la vida, de quién podría producir el disco y de las diferencias que parte de la banda tenía con el manager José Luis Rupérez y su agencia, Rumor. “Salimos encantados de la primera reunión que tuvimos con él y, en cierto modo, todo lo que dijo se cumplió”, dice Rot.

Vilella dice que no sabe realmente cuál era el problema que tenían Rot y Calamaro con el manager. “Yo me llevaba muy bien con Ru”, dice el baterista sobre Rupérez. “Creo recordar que en una ocasión Ariel me dijo que las cuentas de algunas actuaciones no cerraban. La cuestión es que, si no fuese por el trabajo incansable de Rupérez, Los Rodríguez no habrían triunfado.”

“Era todo muy intenso con Los Rodríguez”, dice Rot, acerca de los desencuentros con el manager y las cuentas en rojo de la banda. “Por suerte las cosas buenas que pasaban siempre eran más que las malas, y ahí lo dejo…”

Para Alfonso, fichar a Los Rodríguez no fue tarea fácil. Warner había absorbido los sellos GASA y DRO, y cuando los nuevos dueños se enteraron, peligró la negociación. “Era el primer fichaje de la nueva etapa”, recuerda Pérez. “Alguien me puso pegas aduciendo que habían comprado la compañía porque ya teníamos muchos artistas y no necesitábamos uno más. Tuve que jugar duro, pero al final lo conseguí.”

En la primavera europea de 1993, Los Rodríguez se instalaron en uno de los mejores estudios que podían conseguirse en Madrid, Eurosonic (donde Sabina había grabadoFísica & Química y Mentiras piadosas), a las órdenes de Nigel Walker: un inglés que había empezado sirviendo café en los estudios AIR de Londres junto a George Martin, y luego trabajado con Mick Jagger, Elton John y Dire Straits. Su antecedente inmediato era el exitoso El amor después del amor, de Fito Páez. Nigel había quedado encantado con la maqueta de Sin documentos y, tres días antes de empezar a grabar, fue a verlos tocar en una disco de Madrid. “Tenían mucho talento y temas increíbles”, dice Nigel, que a finales de los 80 trabajó con dos reconocidos grupos españoles de la época: Nacha Pop y Hombres G. “Mi primer trabajo con músicos argentinos había sido con Fito Páez, un año antes, y pensaba que los argentinos tenían más talento que los españoles: músicos de alto nivel.”

 
La banda en una sesión de Sin Documentos. “Fue la primera grabación que hicimos en nuestras vidas con cierto rigor, cierta disciplina y sin sustancias”, dice Ariel Rot. Foto: Gentileza Jesús UGalde/Warner Music

Las condiciones técnicas que ofrecía el estudio eran mejores que la experiencia del disco debut, para la que dispusieron de un escaso presupuesto. Eurosonic contaba con una grabadora digital Sony 48TK y una consola (SSL 4000) de 48 canales. Nigel exigió disciplina, horarios coherentes y trazó como meta un audio superior al que Los Rodríguez habían alcanzado con Buena suerte. La banda llegó a la primera sesión de estudio afilada, con los arreglos de los temas terminados. “No por obsesivos ni por querer controlar la situación”, señala Rot. “Sino porque no hacíamos otra cosa que tocar esas canciones.” Nigel lo confirma: “Realmente ellos tenían las canciones listas antes de que yo hiciera mi trabajo en el disco”.

El grupo aceptó las condiciones del productor: sabían que después de tres años sin conseguir buenos resultados, las tensiones internas iban en aumento. Por primera vez, Calamaro y Rot se dispusieron a grabar de forma organizada, cumpliendo jornadas de horarios razonables y dejando afuera todas las tradiciones rockeras que dominaban en las sesiones de los discos anteriores. “Era un momento un poco límite”, dice Rot. “Fue la primera grabación que hicimos en nuestras vidas con cierto rigor, cierta disciplina y sin sustancias.”

Antes de empezar a grabar, Nigel les preguntó qué sonido estaban buscando y ellos pusieron “Start Me Up”, de los Stones. Entonces les propuso un sonido no muy hi-fi, pero con carácter rock. “El clima entre ellos era muy bueno”, recuerda Nigel. “Yo tenía un par de diferencias con algunos del grupo, pero supongo que eso es normal.” Vilella dice que, al principio, entre Ariel y Nigel no hubo sintonía. “Nigel tenía por un lado el encargo de lograr un sonido stone y luego tenía los temas que tenía.”, dice el baterista. “Además, Ariel se empeñaba en usar su Marshall Stack a todo volumen, y para sacar el sonido stone se deben utilizar amplis pequeños. Ahora seguro que ya lo sabe, pero durante la grabación del disco hubo discrepancias técnicas.”

“Fue una grabación áspera, pero con todo bastante bajo control”, dijo unos años después Calamaro. “Todas las grabaciones tienen un momento en el que pasás por un túnel donde no ves luz atrás ni adelante, pero no duró mucho ese momento.”

Las sesiones en Eurosonic empezaban en las primeras horas de la tarde y, luego de un break que hacían para pedir pizzas, terminaban en un horario que nunca superaba la medianoche. El método de grabación de casi todo el disco consistió en registrar primero las bases con los músicos tocando juntos y después agregar las voces y solos de guitarra. Excepto en “7 segundos”, que Calamaro grabó solo con su teclado Yamaha DX7 y en el final del tema entró el resto de la banda. Rot grabó sus partes con la Fender Stratocaster amarilla y Julián Infante con una Gibson Les Paul negra. Por esos días, Rot se había comprado un overdrive, un pedal grande con distintos presets, que a Nigel le encantaba. “Cuando hice los recordings de los solos en el control, nos quedamos en soledad con él y le gustaba mucho meter mano”, dice Rot. “Tocaba la ganancia, el volumen, el drive, y yo hilaba muy fino con eso para no pasarme de la distorsión exacta. En Los Rodríguez siempre busqué que los solos tuvieran sustain, pero que admitieran tocar dos o tres cuerdas al mismo tiempo.”

Una de las pocas cosas que no estaban planificadas y sucedieron en este disco fue el característico grito “¡Ahí vamos!” de Calamaro, en la intro de “Sin documentos”. Ocurrió que, cuando llegó el momento de registrar ese tema, intentaron grabarlo varias veces comenzando con el habitual conteo “1-2-3-4” del baterista, pero no lograban entrar juntos al groove. “No había manera”, dice Vilella. Al igual que había ocurrido la primera vez que Calamaro lo llevó a la sala de ensayo, la banda no encontraba el feeling de la canción y los problemas volvieron a aparecer. “Yo pensaba: ‘¿Por qué tanto empeño en hacer una rumba si esto demuestra que no la llevan dentro?’.”

Mientras los músicos buscaban cómo hacerlo, Nigel aplicó una técnica que había aprendido en su larga experiencia como productor y comenzó a grabar las pruebas con la idea de, en el proceso de edición, desechar los primeros compases. Pero cuando llegó ese momento, nadie quería descartar el “¡ahí vamos!”. “Después de escucharlo durante casi un mes”, recuerda Nigel, “el famoso grito de Andrés ya era parte del tema”.

En una de esas sesiones, Calamaro le reclamó a Nigel que no estaban logrando el nivel de audio que habían alcanzado en los demos; el productor aprovechó un momento de descanso para acercarse con disimulo a Chacón y preguntarle al oído en qué formato tenía grabada la maqueta del disco. “Recuerdo que Nigel estaba dudando: no sabía si al final iba a tener que usar las versiones que estaban en los demos”, dice Chacón.

Durante el proceso de mezcla, la banda armó una especie de escenario de pub en el estudio, donde se juntaban a tocar en formato jam session con los amigos que los visitaban: Willy Crook, Melingo, Coque Malla (cantante de Los Ronaldos), Christina Rosenvinge, los integrantes de La Frontera.

Calamaro aprovechaba el tiempo libre para pasarle el parte diario al director de GASA, adjuntando algunas ilustraciones (“Xerox art”, dice Calamaro) a través del fax del estudio. “Cada mañana al llegar a la compañía tenía uno o varios faxes que me había enviado Andrés la noche anterior”, continúa Alfonso Pérez. “Eran geniales: recuerdo uno que tenía una foto de Giorgio Armani y decía ‘¡Armani Is God!’. Creo que en algún sitio los debo tener guardados.”

En la etapa final del disco, las fricciones entre Rot y Nigel no tenían vuelta atrás, y el productor se aisló en la sala de control: no dejaba que nadie observara su técnica para mezclar las canciones. “Aunque sus decisiones no estuvieron mal, Nigel hizo uso y abuso de su autoridad”, se queja Rot ahora. “Es rarísimo que Andrés y yo no hayamos estado en la mezcla del disco.”

Cuando salió el tercer álbum de Los Rodríguez, el rock español necesitaba un golpe de creatividad que lo despertara del letargo en el que había caído luego de la aparición de grupos pop como Mecano o Cómplices. Pancho Varona, músico y compositor español que acompaña a Sabina, dijo en un programa radial que Sin documentos fue “la bomba de neutrones” que encumbró a Los Rodríguez en España y toda Latinoamérica, y cuya onda expansiva alcanzó a más de una generación. “El disco es puro nervio”, dijo, “y se encuentran canciones tan fantásticas como ‘Dulce condena'”.

Editado en Argentina el 3 de septiembre de 1993, el disco había salido para el comienzo del verano europeo en España, y “Sin documentos” ya era uno de los hits del año. Por primera vez, la banda tenía una canción rotando en las emisoras radiales de mayor audiencia y competía por el primer puesto de los rankings españoles con “Macarena” de Los del Río y “El costo de la vida”, de Juan Luis Guerra.

Durante los primeros tres meses, Sin documentos había vendido 70.000 copias en España, cifra que en el sello GASA consideran “un gran éxito de ventas”. “Sobre todo para un grupo que, hasta ese momento, no había vendido absolutamente nada”, dice David Bonilla, actual jefe de producto de Warner.

En aquel momento, para darle todavía más impulso al álbum, desde GASA le encargaron la realización de un videoclip de la canción “Sin documentos” al director argentino Nicolás Sarudiansky, que era amigo de Los Rodríguez y en la etapa de Buena suerte había grabado el video de “No estoy borracho”.

Durante dos días y bajo un sol tremendo, Sarudiansky y la banda filmaron el icónico video de “Sin documentos” haciendo playback en una colina de Colmenar Viejo, en Madrid. Vilella recuerda la experiencia con cierto disgusto: “Yo me quemé la cara por el sol. Malas quemaduras, ya que estábamos maquillados, y hubo alergias…”.

El presupuesto del video solo alcanzó para alquilar una grúa y conseguir unas tomas aéreas. “Fue una paja total”, dice el director. “Me zarparon un día de filmación y salí muy poco conforme con el trabajo, que estaba calculado para dos jornadas. En esa época todo era carísimo y hacer clips era meterse en muchos líos, no dormir, etcétera…”

La rotación del video hizo que la imagen de la banda cobrara mayor popularidad en España y se extendiera hasta Argentina, donde el fenómeno de ventas no solo se replicó sino que llegó incluso a superarlo, con diferencia: en Argentina y Uruguay, Sin documentos vendió 140.000 copias.

Rot les atribuye el éxito a las canciones, la importancia de haber fichado con GASA y la difusión radial que tuvo por primera vez el grupo con el tema “Sin documentos” en un momento límite de la banda. “Creo que triunfamos por derecho, pero no es algo que siempre ocurre”, dice el guitarrista, que actualmente gira por Europa tocando clásicos de Tequila y Los Rodríguez. “Después de esa canción, comenzaron a pasar muchas más cosas de las que habían pasado en todo el tiempo que llevaba la banda.”

El 7 de septiembre de 1993, cuatro días después del lanzamiento del disco en Argentina, la patria de Calamaro, Los Rodríguez tuvieron su show consagratorio en Las Ventas, Madrid. Las entradas estaban agotadas esa noche en la clásica plaza de toros madrileña: 10.000 personas habían asistido a esta fecha que tenía como número principal al cantautor Manolo Tena, con quien Los Rodríguez compartían agencia de management.

Los Rodríguez era teloneros esa noche, pero con el hit “Sin documentos” sonando en todas partes y la atención que Rupérez había desviado hacia ellos durante las semanas de promoción previas al show, las condiciones estaban dadas para que ese día cambiara todo. Vestido con una chaqueta militar y una montera de torero, Calamaro apareció en un costado del escenario y dijo: “Buenas noches, nosotros somos Los Rodríguez”. El público los ovacionó.

Los Rodríguez arrancaron a puro rocanrol, con el circo taurino iluminado solo por la llama de miles de encendedores. Una versión eufórica de “No estoy borracho” abrió la lista de temas, y Rot e Infante se batieron en un duelo de riffs.

La lista siguió con “Na, na, na”“Me estás atrapando otra vez”“Dulce condena” y después de algunos temas de Buena suerte cerraron un recital histórico con la gente cantando y aplaudiendo al ritmo de “Sin documentos”. Para sorpresa incluso de Los Rodríguez, la mayoría del público de esa noche en Las Ventas ya se sabía de memoria todas las canciones del nuevo álbum. El revuelo que armaron ese día fue tan grande que incomodó hasta al propio Tena, que sintió que la banda de Calamaro y Rot había opacado su presentación y puso la queja. “Mi manager de entonces, no sé por qué, se empeñó en promocionar a Los Rodríguez casi más que a mí”, dijo Tena.

Tres meses más tarde, en diciembre, pasaron por Buenos Aires y tocaron un jueves por la noche en Prix D’Amí, con la disco repleta, en un show promocionado de boca en boca que tuvo como particularidad una controversia que mantuvieron Calamaro y Charly García sobre el escenario. “Después de Sin documentos caímos por Sudamérica y cuando vimos la respuesta de la gente y nos dimos cuenta de todo lo que se había desencadenado sobre todo en Argentina, fue como que nos pilló un poco”, dijo Infante, que murió de VIH en el año 2000. “¡Joder! Fue una locura lo que se había generado por aquellas tierras.”

Antes de terminar 1993 habían realizado 46 presentaciones solo en España y recibieron el premio Ondas, que entregan Radio Barcelona y Cadena Ser, como Artista Revelación. El sello GASA aprovechó el impulso de Los Rodríguez para editar en Argentina Grabaciones encontradas Volumen 1, un compilado anárquico de grabaciones de Calamaro registradas entre 1984 y 1993 en diferentes estudios y shows de España y Argentina, y la figura del cantante, que poco antes había estado a punto de volverse a Buenos Aires, comenzó a hacerse cada vez más fuerte en la interna de un grupo de personalidades avasallantes que sufría constantes peleas por el liderazgo. “En Los Rodríguez”, explica Rot, “había mucho capitán y poco marinero”.

 
En 1994, durante el pico de popularidad del grupo en España, posaron desnudos para el diario El País. Foto: Luis Magán/Ediciones El País

El año siguiente a la salida de Sin Documentos fue para Los Rodríguez el de la consagración definitiva. A comienzos de 1994, mientras la banda alcanzaba su pico máximo de popularidad, el diario El País de España les propuso posar desnudos. La referencia de la toma era una sesión de promoción de Sticky Fingers en 1971, donde los Stones posan tapándose con copias de su LP. La versión de Los Rodríguez con el fotógrafo Luis Magán era con libros. Vilella, que muy oportunamente eligió uno de tauromaquia titulado La corrida, dice: “Lo que recuerdo es que no estábamos muy cómodos. Tal vez si nos hubieran dejado mostrarlo todo…”.

Al mismo tiempo, mientras saboreaban el éxito comenzaba la ruptura y se aceleraba la agenda: durante 1994, ofrecieron 57 shows a lo largo de toda España y nueve en Argentina. “[Sin documentos] Lo presentamos en Madrid, Barcelona, todas las ciudades importantes de España, y en el Gran Rex, Córdoba y Mendoza”, recuerda el sonidista Walter Chacón. “En vivo superaban ampliamente la performance de las grabaciones.”

La gira presentación del disco por Argentina resultó mejor de lo imaginado: los 3.500 tickets para cada una de las dos presentaciones programadas en el Gran Rex, el 15 y 16 de abril de 1994, se agotaron en pocos días y tuvieron que agregar una nueva función para el 28. La lista de la primera noche comenzó con “Pequeño salto mortal” y siguió con “Dulce condena”, “Sin documentos” y temas de otros proyectos de Calamaro como “No se puede vivir del amor” y “Costumbres argentinas”. El cantante sorprendió saliendo al escenario con una remera del Barcelona en un concierto que tuvo como invitados a Gringui Herrera en “Ni hablar” y a Fito Páez en “Canal 69”. Al día siguiente, cuando terminaron el show, Charly García y Alejandro Sanz -que por esos días también estaba de gira promocional en Buenos Aires- pasaron a saludar por el camarín.

Las visitas de Los Rodríguez a Argentina comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes y el público de nuestro país adoptó al grupo como propio. Los Rodríguez tenían una particularidad muy especial en esa época: aunque sus videos estaban en alta rotación, no formaban parte de la corriente de rock latino “aletada por MTV”, dice Calamaro. “Todos nos negábamos a formar parte de una corriente de ‘Rock Latino’. Nos creíamos otra cosa. Con Los Rodríguez casi no giramos fuera de España y Argentina.”

Uno de esos conciertos que ofrecieron, el del 19 de noviembre de 1994 en la plaza de Moreno de la ciudad de La Plata, sería recordado porque antes de tocar “Mi rock perdido”, Calamaro dijo: “Me estoy poniendo tan a gusto que me fumaría un porrito. No me digan que entre 100.000 personas no hay uno habilitando”, lo que generó un gran revuelo mediático y una insólita causa judicial bajo la carátula de “apología del delito”.

“En varios momentos estuvieron al borde del sacrificio verdadero”, dijo en una entrevista de 2009 publicada en Página/12 el director Sergio Bellotti, que los acompañó durante esa gira por Argentina para el documental 100 Pájaros (está en YouTube). “En el aire se sentía la ruptura que iba a venir tiempo después. Evidentemente, Andrés ya se estaba desligando de la banda. Aunque sin internas o secretos de ningún tipo.” Esas divergencias que detectó Bellotti estaban presentes en pequeños detalles, gestos y miradas, o en una sutil división que se daba entre las partes española (Infante y Vilella) y argentina (Calamaro y Rot) de la banda.

De paso por Buenos Aires, Calamaro aprovechó para reunirse con Palo Pandolfo y acordar su trabajo como productor del disco que Los Visitantes estaban preparando (Espiritango) y compuso en plan solista algunas canciones para el soundtrack de la película Caballos salvajes, de 1995. Al mismo tiempo que la figura del cantante comenzaba a brillar con mayor intensidad, las reglas internas de la banda cambiaron.

Después del éxito de Sin documentos, Calamaro estableció nuevos porcentajes en el reparto de las regalías de cara al próximo disco (Palabras más, palabras menos, 1995) y eso incrementó el clima de tensión entre los integrantes: 10 por ciento para Infante, 20 para Vilella, 30 para Rot y 40 para él. “El reparto por las actuaciones quedó algo más parejo”, aclara Vilella, que lleva años alejado de la música y ahora se dedica a los deportes extremos (nada en lugares peligrosos). “Creo que Ariel y yo quedamos igual, pero Andrés bajó un poco su porcentaje para compensar la parte de Julián. De cualquier modo, sé que Andrés no está contento con lo que hizo y yo le he aceptado su reparación. Todos cometemos errores.”

Unos años después, cuando todo se había terminado, Calamaro aseguró en una entrevista con Rolling Stone España que el quiebre del grupo “no se generó por motivos económicos ni por codicia ya que la banda no estaba ávida de pesetas”, sino por una cuestión de manejos y contratos individuales que no creía necesario recordar ni mencionar.

En otra ocasión, dijo que el grupo había aguantado hasta lo que llamó “la maldición del cuarto disco”, haciendo referencia a Los Abuelos de la Nada, que también se separaron después del cuarto álbum (Cosas mías, de 1986) y sufrieron la muerte de un integrante irremplazable. “Una vez más llegamos al límite del destino y ahí lo dejamos”, dijo. “Después murió Julián… Es el problema de ver las cosas con perspectiva.”

Luego agregó: “Personalmente, Los Rodríguez fueron mi doctorado. Fuimos perfeccionistas y rozamos la perfección. Nos importaba ser buenos Rodríguez. Quisimos ser muy buenos. Quizás los discos que grabamos en los 90 sean un ejemplo de cosas bien hechas. Quizás pudimos demostrar lo que habíamos aprendido”.

En 1996, cuando comenzaron la gira más importante de la historia del grupo junto a Sabina, la banda ya estaba disuelta. Rot había armado The Rota con dos ex Rodríguez -Dani Zamora y el primer bajista de la banda, Guillermo Martín, en guitarra-, y Calamaro tenía terminadas la mitad de las canciones de Alta suciedad, que editaría en 1997. Pero se propusieron seguir y disfrutar la experiencia como una despedida. Ellos ya tenían claro que, a esta altura, las mujeres, el dinero, las sustancias, los excesos y los egos habían terminado con la banda.