Consejos para dejar de autoexigirte y disfrutar más la vida

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Si tu cabeza te dice “tendría que haber hecho otra cosa” o “no le estoy dedicando a esto el tiempo que debería”, deberías leer esta nota.

Muchas veces hacemos algo y nuestra cabeza nos taladra diciéndonos que deberíamos haberlo hecho mucho mejor. En estos casos la exigencia tiene la “habilidad” de mostrarnos todo lo que nos falta alcanzar y lo que todavía no tenemos. Es decir, nos pone de frente a la falta de todo.

Ante esto, vivimos inseguros y sentimos una sensación constante de incapacidad. Dejamos de percibir nuestros recursos y fortalezas porque las minimizamos, les quitamos importancia.

Teniendo en cuenta este estado anímico que se provoca por la autoexigencia constante, hablamos con la psicóloga María Noel Lucano, que nos dio cuatro consejos para tener en cuenta en estas situaciones y mejorar así el estado mental y físico.

1- Hacer un checklist de mis expectativas

Tener en cuenta tus propias expectativas y no las de otros. Esos “otros” suelen ser tus padres, tu pareja, amigas, hijos, sociedad. Que sean concretas, realistas, palpables y medibles.

2- Apropiarse de las propias fortalezas

Empoderarse, registrar habilidades y capacidades. Mirar los recursos con los que se cuentan, ya que son ellos los que nos permitirán concretar los planes y alcanzar las metas.  Mirar solo la falta, lo que no hay, deja en un lugar de paralización y malestar constante que no suma en absoluto.

Si se observa lo que falta, que sea para pensar en construir y que sirva de disparador para avanzar y no como obstáculo para quedarte detenido.

3- Priorizar 

Establecer un orden de lo que necesitás y deseás en primer término y después empezar a soltar. Distinguir y privilegiar, para no meter todo en la misma bolsa y no pretender hacerlo todo ya y de manera perfecta.

4- Reemplazar el verbo “tengo que” por “elijo esto”

Salir del “debo hacer tal cosa”, por “deseo hacer tal cosa y en consecuencia, lo elijo”. Esto posiciona de una manera diferente ante lo que uno hace, permite colocarse como protagonista y no como espectador sumiso y pasivo de la propia vida.