Olimpíadas insólitas Ser sanitarista, un sentimiento que se lleva en la piel

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Bienvenidos al poco conocido mundo de quienes arreglan caños, tuberías, bombas y cloacas. Nada de plomeros ni destapadores, algo así como primos lejanos, esos que se ven una vez por año. Ellos son sanitaristas y tienen olimpíadas propias y mundiales. Hablan con una pasión sorprendente de un oficio que se lleva con orgullo en la piel, que mayormente se ejerce por herencia, que va de generación en generación, y que casi nadie ve ni mucho menos agradece.

En plena competencia. Uno de los equipos participantes, en medio de una de las pruebas a sortear. Foto: Silvana Boemo

En plena competencia. Uno de los equipos participantes, en medio de una de las pruebas a sortear. Foto: Silvana Boemo

Palabra algo fría y poco cotidiana, el sanitarista refleja todo lo contrario. “Nosotros damos vida, generamos vida al brindar agua potable. De nosotros depende la vida de un hijo. ¿Y quién se entera? Pero no importa, nosotros amamos esta tarea que no tiene horarios, feriados, llueva o truene”. Este es el pensamiento de una veintena de sanitaristas con los que Clarín intercambió palabras en un evento singular como la IX Olimpíada Sanitaria, que se desarrolló el miércoles en la planta potabilizadora General San Martín.

Se trató de una competencia federal, que reunió a diez equipos de distintas regiones, que durante una jornada de nueve horas, tuvieron que sobrellevar cuatro pruebas diferentes: 1) Mantenimiento de una bomba sumergible. 2) Sistema de recolección de líquidos cloacales. 3) Prueba de conocimiento (multiple choice). 4) Práctica de laboratorio. El equipo 4KVA, de AySA, se quedó con el primer puesto, que significa nada menos que el pasaje para la Operations Challenge, una suerte de Mundial que se hará en octubre, en New Orleans, Estados Unidos.

Sebastian Lomazzi, Nicolás Couso, Ariel Acosta y Nahuel Sánchez integran el equipo ganador, con Pablo Quiroga como una suerte de director técnico. “Fue un triunfo inolvidable y resultó un premio al trabajo a conciencia y en equipo. Pasamos las Eliminatorias y vamos a llegar al Mundial para hacer historia”. Quiroga ilustra la gesta como si fuera un deportista, pero utilizando términos ajenos al común de la gente: “Rotura de bombas”, “tuberías deterioradas”, “dilución de líquidos cloacales” y “acometida domiciliaria”, por mencionar un puñado. De 55 años, casi la mitad de su vida como sanitarista, Quiroga le imprime fragor a sus palabras. “Nosotros producimos agua potable y depuramos cloacas, pero nadie sabe ni ve lo que hacemos. La gente tira la cadena del baño y no se pone a pensar que hay laburadores que se encargan de potabilizar y depurar el agua. Hay mucho trabajo que hace el sanitarista, del que no se tiene la menor idea”.

Lejos de quejarse, Quiroga -que alentó y arengó a su equipo como el hincha más fiel-, no entiende cómo la gente se queja a la hora de pagar $400 o $500 la factura del agua. “A veces la gente me reclama los montos de la factura, y yo le pregunto cuánto paga de cable. Me dice $1800. Entonces le replico: ‘Te corto el agua y la cloaca, y viví con el cable’. No se valoriza en números el servicio que hacemos. Un monstruo como éste no se mantiene con las cifras que se están pagando“.

Otro de los participantes en plena acción, buscando salir airosos de una prueba, ante la mirada de jueces, hinchas y curiosos.
Foto: Silvana Boemo

Otro de los participantes en plena acción, buscando salir airosos de una prueba, ante la mirada de jueces, hinchas y curiosos. Foto: Silvana Boemo

Pedro Cachorro Rondinelli, uno de los organizadores de la Olimpíada, y ex participante y ganador de la primera edición en 2003, se refiere al sentimiento inexplicable que produce un trabajo por el bien de la comunidad. “Ser sanitarista es un compromiso, es un sentimiento que se contagia, porque ¿a quién le gusta meterse en un pozo con agua hasta la cintura, o destapar una cloaca? Por eso no nos sentimos identificados cuando nos dicen plomeros, porque nuestra tarea es más amplia y abarcativa. Pero sí estamos más cerca de los bomberos. El sanitarista está siempre dispuesto al mantenimiento de las redes y a la potabilización del agua. Y cada trabajo resuelto lo gritamos como un gol de campeonato”.

Ellos están en su salsa cuando explican cómo parar una fuga de un caño o de qué manera destapar una colectora cloacal… y cuando lo logran lo exteriorizan como una proeza. “¿Sabés el alivio que significa arreglar una tubería para un barrio entero?“, transmite con vehemencia Dardo González, de Aguas del Norte (Salta). “Empecé de pinche y hoy soy supervisor de cuadrilla. Entre los sanitaristas nos apoyamos y contenemos. Sabemos que podemos trabajar de sol a sol, pero estamos bien remunerados”.

Un vistazo de la Planta Potabilizadora General San Martín, donde se desarrollaron las Olimpíadas.
Foto: Silvana Boemo

Un vistazo de la Planta Potabilizadora General San Martín, donde se desarrollaron las Olimpíadas. Foto: Silvana Boemo

Claudio Bustos, de Obras Sanitarias de Mar del Plata, está atento, pendiente de la suerte de su equipo, aunque se permite un rato de distracción. “Yo era chofer hasta que entré a la empresa hace viente años y haciendo cursos de capacitación me especialicé y hoy trabajo en el área de laboratorio. No heredé el oficio, pero siento una gran confraternidad con los colegas de distintas provincias, algo que no me sucedía en el trabajo anterior”.

Prestigio es la palabra que elige Matías Arnúa, de Aguas Cordobesas. “A todos los que participamos nos beneficia esta competencia, nos da roce, chapa y volumen de juego, ya que podemos cotejar qué tipo de trabajos hacen otras empresas y saber dónde uno está parado. De todas maneras, sabemos la importancia de nuestro trabajo, que se sintetiza en brindar agua, nada menos”.

La Copa se mira y no se toca. El equipo 4KVa, junto al presidente de Aysa José Luis Inglese, y el Secretario del Sindicato José Luis Lingeri. Foto: Pablo Valda.

La Copa se mira y no se toca. El equipo 4KVa, junto al presidente de Aysa José Luis Inglese, y el Secretario del Sindicato José Luis Lingeri. Foto: Pablo Valda.

Los apellidos pesan, se busca superar al antecesor. Es lo que le pasa por la cabeza a Eduardo Chazarreta, de Aysa, tercera generación en el oficio. “Es un orgullo saber que mi abuelo primero, y mi viejo después, laburaron aquí, en esta planta, y yo siento la obligación de dejar limpio el apellido y llevarlo a lo más alto, y ojalá pueda transmitirle mi amor por este trabajo a mis hijos”.

Hay mujeres en el universo del sanitarismo. Y si bien no abundan en esta competencia, Noelia Bustamante reafirma que “es un trabajo variado y heterogéneo, apto para nosotras”, dice la joven de 22 años, que trabaja como encargada del análisis de agua residual en Aysa. “Yo me siento súper comprometida con el trabajo. Con poco tiempo aquí entiendo de qué se trata cuando me hablan de la familia sanitarista. Sé que será mi laburo de toda la vida”. ¿Qué chica de veintipico puede decir algo así en la Argentina?

Espiar el ignoto, poco reconocido pero venal mundo del sanitarismo permite codearse con gente siempre anónima, abnegada, humilde y solidaria, que no le pesa su trabajo invisible, de sol a sol, pero que celebra como un campeonato cuando soluciona problemas de cloacas y cañerías que afectan a la población.